R E A L I D A R I O (DCCVIII)


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NEGADORES Y NEGACIONES. Los racistas niegan que aquí haya racismo, sin más. Los ecoterroristas niegan el cambio climático, el calentamiento global, la extinción acelerada de especies vegetales y animales debida a la “actividad” humana (desarrollo que le dicen). Los explotadores de nuestros recursos mineros niegan la contaminación del suelo, el agua, la propia atmósfera de los lugares en donde expolian de manera “legal”.

René Leiva

 


Los partícipes y responsables del genocidio maya-guatemalteco refutan o deniegan la eliminación sistemática de grupos étnicos por motivos políticos y sociales durante la guerra sucia (lo que no incluye, por supuesto, los asesinatos selectivos por escuadrones de la muerte patrocinados por el poder económico y la oligarquía).
Los negadores profesionales de cualquier acción abyecta  –no por estupidez o ignorancia sino por impura mala fe–  se valen de la corrupción o  envilecimiento del lenguaje, de palabras clave para entretejer sofismas, marañas conceptuales y retorcimiento de las definiciones, precisamente al gusto y medida de los genocidas.  (Hipocresía e impunidad llevadas a rango académico.)
Negar el genocidio es mentir, ocultar la verdad, falsear la historia, insultar la memoria de las víctimas –y ponerse en vergonzante evidencia.  ¿Algún día en Guatemala será delito negar que aquí se perpetró un genocidio entre 1970 y 1985? (Con información de Perogrullo Pérez.)
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TÁNDEMS SINIESTROS.  Casos hay, por ejemplo en el orden penal, por crímenes de lesa humanidad, imprescriptibles y sin amnistía que valga, en que defendido y defensor son muy dignos uno de otro, en que se complementan y se corresponden ambas personalidades, más allá de supuestos patrocinios, pues poseen un fondo moral común (apreciable a simple vista, como cualquier lodazal), análogos escrúpulos, parecida capacidad o incapacidad para avergonzarse, similar catadura humana  –pues también son humanos, de eso no hay duda.
Y entonces uno, hasta cierto punto, no se sorprende ni asombra de que así sea la cosa, porque esa natural alianza defendido-defensor es una (otra) evidencia más de la culpabilidad del “patrocinado”, aunque no precisamente en lo jurídico sino en lo moral (certeza que ese tándem siniestro proporciona a las víctimas y sus familiares, a la fiscalía, al tribunal, a la memoria histórica… al margen de fallos y sentencia legales).
Dios los crea, digamos, y el diablo los junta: un sepulcro blanqueado con varios miles de esqueletos en su armario, y un Lázaro que sigue muerto.