Quitémonos la venda de ceguera espiritual


Estoy leyendo la lista de muertos de la guerra, documentados por «Guatemala: nunca más»: «Cupertino Abila. Alfonso Ac. Augusto Acabal. Juan José Acevedo. Juan Acte…»

Mario Cordero
mcordero@lahora.com.gt

Es sorprendente el alcance que ha tenido la guerra, incluso en nuestros dí­as. En nuestro ADN, se ha inyectado el cromosoma del miedo y del silencio. Nadie está interesado en conocer su historia; miles de jóvenes y adultos se preguntan ahora quién fue ese tí­o desaparecido al que no conocieron y sus padres no se han atrevido a contar su historia. Huérfanos que no saben dónde está su familia; miles de personas se preguntan cómo, siendo morenos, pertenecen a una familia blanca en Estados Unidos, cómo llegaron allí­.

Caminamos cabizbajos por las calles; de la casa al trabajo; del trabajo a la casa, sin protestar. Desmoralizados. Somos capaces de protestar en contra de un anuncio de zapatos, pero no en contra del feminicidio mismo. Somos capaces de protestar para que se reduzca el número de diputados (para las próximas elecciones), pero somos incapaces de pedir a los actuales que trabajen (igual da que sean 5, 80 o 200 diputados; lo importante es que trabajen). Somos capaces de protestar contra todo, pero en secreto, sin alzar la voz, para no correr peligro.

Somos un pueblo, pero no conocemos nuestra historia. Aún recuerdo los libros de Estudios Sociales de la primaria, que pasaban por alto la Primavera Democrática y cómo fue traicionada; a cambio, se exaltaban las figuras de los lí­deres contrarrevolucionarios. El mayor logro de la guerra fue cortarnos nuestra curiosidad, nuestro asombro; nuestra capacidad de liderazgo y nuestra voz.

«…Tomás Gaspar íšrsula. Gamarro Coc. Juan José Gerardi. Luis Girón Barrondo. Marcos Godines y Godines…»

Abrir los archivos del Ejército tal vez no ayude a esclarecer nada; o tal vez sí­. Hay muchas personas que aún continúan buscando a sus muertos. Durante la guerra, se decí­a que el que desaparecí­a era porque algo debí­a; se le tildaba de delincuente, anticomunista o traidor de la patria. Miles huyeron al exilio, creyéndose culpables; en el extranjero, se lamen sus heridas, anhelando la patria, preguntándose ¿qué hice para merecerlo? No hay forma de lavar sus culpas y no podemos continuar sin exculparlos.

En lugar de mostrarnos soberbios y pensar que nada se puede lograr escudriñando en los archivos, debemos pensar que muchas personas necesitan reconciliación, paz interior, y no un simple pago de resarcimiento económico para acallar conciencias y para saldar deudas con el dueño de la finca para después volver a la pobreza (espiritual y material).

Necesitamos perdón…, iniciar de nuevo. Nadie logra reinventarse si no se conoce a profundidad, y Guatemala, como han expresado muchos, necesita reinventarse, pero antes es necesario el conocimiento propio y eso no es posible con esta venda que nos cubre los 36 (o más) años de ceguera. ¡Que se abran los archivos (del Ejército y de la Guerrilla) y que se le quiten las medallas a los generales y a los comandantes!

«Pedro Pablo Zárate Mejí­a. Micaela Zepeda. Teresa Zeto Mamac. Miguel Agustí­n Zunun Morales. Rosa Zúñiga…» Habrí­a que sentarse a tomar un café con cada uno de ellos para que cuente su historia; a ver, que hable, que hable…

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