En 2003, la censura conservadora cayó como un rayo divino sobre un anuncio de condones que, con muestra de creatividad e ingenio, utilizó el juego de palabras ¡Qué rico escoger! Los censores moralistas y recalcitrantes de las iglesias no dejaron que las anuncios ubicados en paradas de buses estuvieran más de tres días a la vista de la población. ¿Por qué una censura tan feroz?
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Una respuesta inicial la encontramos en la historia humana al recordar que la Iglesia Católica se ha opuesto, desde su consolidación, al conocimiento científico, a los cambios de actitud y a las sensaciones humanas desbordantes. Negó durante siglos que la Tierra fuera redonda y hasta sólo hace unos años aceptó la posibilidad de que la evolución de las especies vegetales y animales hubiera sucedido. Durante el período de la llamada Santa Inquisición, asesinó a miles de mujeres y hombres de ciencia que contravenían, con sus descubrimientos, los supuestamente divinos que la Iglesia defiende.
Una segunda respuesta a la censura del anuncio de condones es que la estrategia de mercado en ese juego de palabras (¡Qué rico escoger!), emitía una verdad innegable: el sexo es placentero. El cuerpo humano está constituido por manos, cabeza, estómago, pies, pero también por órganos sexuales. La función de la sexualidad humana no es sólo la procreación sino, afortunadamente, la posibilidad de satisfacer necesidades afectivas, emocionales y placenteras. No hay que tenerle miedo al acto de sentir placer. Para los hombres es menos complicado, pues la doble moral cristiana alcanza para que los hombres justifiquemos nuestro goce a costa de los y las demás. Una situación que debe cambiar. Las mujeres, entre tanto, han sido condicionadas a no sentir placer, desde que en la Biblia se condena a Eva por probar el fruto prohibido, se destina a cada mujer sobre la tierra a no sentir emociones o placer alguno.
La necesidad de darse placer surge con los primeros contratos entre adolescentes en el grupo católico, en la cédula de «La Fráter», en el instituto, en las quermeses. Recuerdan amigos y amigas lectores cuando nerviosos nos atrevíamos a los doce o trece años a tomar de la mano a otra persona y ella movía lentamente el pulgar sobre el dorso de nuestra mano, una sensación agradable recorría todo el brazo y nos llegaba al corazón y recorriendo la espalda y el pecho de la otra persona. De los 15 a 20 años pasamos visitando o recibiendo al novio o novia, parados en la puerta de la casa, esperando que el foco de la esquina no alumbrara esa noche, esperar que los vecinos entraran a sus casas y darnos placer de pie, con ropa, teniendo a la suegra a dos metros y medio, del otro de la puerta.
Las y los jóvenes buscamos esas sensaciones a la salida de clases, en la cancha de básquetbol, entre las siembras, en la camioneta o en el asiento de atrás de algún automóvil. Es una búsqueda constante de sensaciones agradables. Sucede que en la mayoría de casos, no tenemos la información necesaria para dimensionar las responsabilidades que implica la experiencia sexual. La solución no está en prohibir la experimentación; eso no ha funcionado en siglos de humanidad ni funcionará. Resultado de la censura sexual que niega información pertinente, son los embarazos no previstos ni deseados, la interrupción de carreras magisteriales, universitarias, proyectos de la vida y una condena a las mujeres jóvenes a una vida doméstica. El pato, nuevamente lo pagan en mayor proporción las mujeres.
Por ello, la aplicación efectiva de la Ley de Planificación Familiar y su reglamento son urgentes. La Iglesia nuevamente ataca este proyecto con posibilidad de emancipación humana. Abrir el debate y hablar de sexo sin tapujos ni mojigaterías sería de por sí una ganancia. ¿Usted qué opina?