Nunca como ahora se había registrado un gran desorden, asaz insoportable, en el tránsito vehicular capitalino.
La educación vial brilla por su ausencia. Sólo se han adoptado medidas legales y reglamentarias, pero a muchos, a muchísimos conductores de vehículos les viene del norte lo dispuesto por las autoridades, y esas autoridades no actúan a tono con las circunstancias para hacer que se respeten sus disposiciones.
A esa falta de educación vial, al irrespeto de lo que se ha dispuesto y al exceso de «trastes rodantes» de todo tipo se atribuye el caos de referencia.
Casi todas las ciudades de los países del mundo registran serios problemas de circulación vehicular, pero algunos de esos países han tomado medidas encaminadas a frenar la caótica situación.
México, por ejemplo, programa ciertos días de cada semana para que circulen o no circulen determinados vehículos según los números de matrículas o placas.
También se prohíbe en algunos países la importación de automotores durante uno, dos o más años, con el propósito de evitar las complicaciones del tránsito. Aquí a la vez hubo prohibiciones otrora en tal sentido.
A determinadas horas del día y de la noche se tropieza con problemas para manejar vehículos en las principales calles y avenidas de nuestra urbe capitalina, y es que hay abusos e imprudencias de muchos conductores. Esas diabluras pasan por alto de los policías encargados de velar por la normalización del tránsito.
Taxistas, chóferes de autobuses urbanos y extraurbanos, camiones, traileres, ciclistas, motoristas, patrulleros de las policías, entre otros demonios del volante, rebasan «culebreando» que da horror; estacionan donde les da la gana; en infinidad de cacharros no funcionan los «stops» ni los dos faroles delanteros (van «chocos»); la mayoría de timoneles no usan pidevías para cambiar de carril o cruzar y, cuando los usan, los que van atrás no respetan las señales luminosas, sólo cuando se les antoja ceden el paso al sacar el brazo; en los casos de accidentes las autoridades bloquean la circulación al atravesar ambulancias, autopatrullas y poner otros obstáculos, en vez de despejar las vías rápidamente como se hace en otros países.
Es de mencionar el hecho de que los chóferes de autobuses urbanos y extraurbanos, así como los que manejan otros pesados «patas de hule», particularmente, golpean los tímpanos de los demás conductores al utilizar las bocinas de viento para rebasar o para que en ciertos puntos de las vías suban las personas que necesitan transportarse. Esos bocinazos, como dirían los ambientalistas, provocan «contaminación audial» y son como para sacar de quicio a la gente más paciente. Algunos negocios de las orillas de las calles ponen a todo volumen los aparatos reproductores de la voz y el sonido, por lo que, puede decirse, causan gran perturbación que irrita a los que van al timón de los vehículos, a los vecinos y a los transeúntes. Y las autoridades se hacen las ba…bilónicas.
Es menester y urge que en el nuevo estado de cosas protagonizado por don ílvaro Colom se exija el cumplimiento de obligaciones al personal responsable de poner orden en el tránsito, porque «hasta» el caos en cuestión demuestra las flaquezas y las «chaquirrias» de cualquier gobierno. ¡Y no es cuento!
Otro día nos referiremos a algunas incidencias de los pomposos, ruidosos y dispendiosos actos del cambio de capitán del barco. Por ahora únicamente hemos dicho algo de lo que acontece en el tránsito de la principal metrópoli que está remozando don ílvaro Arzú, quien sigue demostrando que sí las puede en la Muni.