«Soy el Pepe». Por más que el presidente de Uruguay, José Mujica, tratara de «desmitificar» su imagen, durante los cuatro días de visita oficial a Washington que hoy concluye no ha hecho más que meterse en el bolsillo a sus audiencias, desde la Casa Blanca a los foros de universidades y organismos multilaterales.
A su par estadounidense, Barack Obama, no logró quitarle la corbata que el propio Mujica jamás se puso, pero sí consiguió arrancarle más de una sonrisa, bromeando entre otros con su creciente cabello blanco. Y laudos también: según Obama, Mujica es un «líder» en el hemisferio en materia de derechos humanos y democracia ya que sus «fuertes valores e historia personal» le dan una «extraordinaria credibilidad» en la materia.
Y de ahí en adelante, poco a poco, con campechanía y muchas bromas -que escondían sin embargo críticas abiertas-, el ex guerrillero de izquierdas devenido en presidente logró esta semana fascinar a un Washington normalmente muy serio en el que la palabra socialismo casi sigue provocando alergia.
Así hasta el final, este jueves en la Organización de Estados Americanos (OEA) donde su secretario general, José Miguel Insulza, lo presentó como una «voz de seriedad y franqueza que defiende con vigor las causas de los postergados» y es un «ejemplo de respeto y adhesión a los valores de la democracia y los derechos humanos».
La presidenta de turno del consejo permanente de la OEA, la representante de Saint Kitts y Nevis, Jacinth Lorna Henry-Martin, fue más allá aún: «Es usted un personaje de un libro que podría no soltar de mis manos por días y noches hasta terminarlo», afirmó.
Pese a recibir los elogios con irónico escepticismo -«si yo fuera joven tal vez me creería todo lo que me dicen», replicó- Mujica ha sabido aprovechar la oleada de simpatía que despertó su persona para lanzar mensajes desde la izquierda muy importantes para él.
Así, ante los empresarios en la todopoderosa Cámara de Comercio estadounidense se atrevió a criticar duramente los tratados de libre comercio y defendió que el crecimiento sólo tiene sentido si la riqueza lograda se «distribuye» entre la población, empezando por salarios dignos para los trabajadores.
«Nos pasamos 40-50 años en esa comedia intentando montar un mecanismo de libre comercio negociado para el mundo entero (…) no un bloque contra otro, y hemos retrocedido firmando tratados de libre comercio a troche y moche de tal modo que hoy hay que poner un semáforo para entender el comercio mundial», criticó frente a sus serios interlocutores.
Un tema que también retomó ante el Banco Mundial, institución que incluso creó un evento a la medida precisa del mandatario uruguayo: una conversación «sin corbata», pese a que muchos de los asistentes no pudieron evitar mantener ese casi obligado elemento del vestir masculino en las instituciones oficiales capitalinas.
En la sede del BM, a apenas una decena de metros del Fondo Monetario Internacional (FMI) demonizado por tantas izquierdas, Mujica acabó por meterse definitivamente en el bolsillo a un Washington que escuchaba entre risas, pero visiblemente fascinado, a un mandatario sin pelos en la lengua que rechazó tajante cualquier comparación de su imagen con otro icono político, Nelson Mandela, y que repartió filosofía de vida en grandes dosis.
«No soy Mandela, soy el Pepe, un muchacho de barrio que se dio un juego y me tocó jugar este partido (…) Mandela rompió el molde, primero que se bancó 28 años de cárcel y yo casi 14, no, no, Mandela juega en otra liga», insistió casi ruborizado, saltando rápidamente a la broma para pasar el trago.
«Me comí un montón de años de cana (prisión), pero no por vocación de héroe, me los comí porque me agarraron», bromeó y subrayó: «Hay que desmitificar».
Pero pese a sus esfuerzos, buena parte del atestado aforo absorbía fascinado sus palabras. Muchos de ellos conscientes, además, de que podría ser la última vez que ven al mandatario que tanta curiosidad ha despertado en el mundo por su persona y por su país, en vista de que el propio Mujica dejó claro que cuando deje la presidencia tiene planes ajenos a la vida pública.
«No voy a ser un viejo de esos que salen por ahí a dar conferencias y cobran caché, no me interesa la guita, me interesa la gente pobre que tenga un oficio para ganarse la vida», aseveró.
Quizás por ello, muchos tomaron escrupulosamente de sus consejos sobre la vida, venidos de un hombre que ha visto mucho y pasado más aún.
«Lo que perdiste no te pases toda la vida llorando, arrancá de nuevo», afirmó el político, de casi 79 años. «Lo importante es vivir, y no se puede vivir bostezando, o llorando o quejándose, hay que vivir al tope, porque estar vivo es un milagro, muchacho».