Haití realizó ayer cantos religiosos y plegarias, tantos cristianos como vudú, en una jornada de duelo nacional por los 217.000 muertos que dejó hace un mes un terremoto que en menos de un minuto devastó los pilares del país.
Con camisa y pañuelo blanco, una anciana se arrodilla en el pavimento de una calle y con sus brazos extendidos hacia las ruinas de la catedral, murmura oraciones, mientras honra a los muertos que dejó el sismo el 12 de enero.
Detrás de ella, cientos de personas cantan con la mirada baja, atendiendo a las plegarias de un predicador que se escucha por altavoz. Las madres sentadas con sus bebés en telas tendidas en el suelo, otros de pie, cantaban el Ave María.
«Soy un monaguillo, yo estaba adentro de mi casa cuando la tierra tembló y sobreviví, me di cuenta entonces de que Dios era omnipotente», dijo Leonel Saint-Lo, un estudiante de 21 años que vive en las calles desde la tragedia.
Al frente de la catedral católica de Notre-Dame, un grupo de ancianas con velos y niñas vestidas de domingo esperan que el pastor inicie otra de sus oraciones.
Con las manos aferradas a su misal, Roselaure Haspin, contó que su casa sufrió daños y vino a «orar por todos aquellos que murieron, por mí misma y por los quedaron en la calle».
Cerca de allí, una intersección está enteramente bloqueada por decenas de haitianos agitando sus brazos al aire gritando: «Â¡Gracias Señor, gracias Señor!».
Unas calles más lejos empieza una marea humana en el asentamiento de refugiados Champ-de-Mars, al frente de las ruinas del palacio presidencial, donde feligreses o simplemente víctimas del sismo madrugaron para obtener un lugar cerca a la tarima por donde desfilaron oradores de distintas religiones.
«Todas las religiones de Haití, desde el vudú, los católicos, los bautistas y los protestantes, estamos reunidos aquí para rezar porque Haití ahora tiene riqueza espiritual en la eternidad», dijo un pastor en una tarima de Champs-de-Mars, ante una multitud que gritaba «Aleluya» alzando las manos con fervor.
Poco después de esta ceremonia masiva y popular, la clase política haitiana se dio cita en los jardines impecables de la Universidad Notre-Dame, donde el presidente René Preval afirmó que «Haití no morirá, Haití no debe morir», dijo vestido de blanco con un brazalete negro, en una de las varias ceremonias realizadas en Puerto Príncipe, que fue retransmitida por las radios y la cadena de televisión del país.
«Después del sismo, la amargura, el desprecio, los resentimientos sociales, los complejos más fuertes parecen haber perdido su peso», declaró el obipo haitiano Joseph Lafontant.
En las afueras de Puerto Príncipe, sobre las fosas comunes de Titanyen, sólo la cruz del Baron Samedi, espíritu de los muertos vudú, clavada en un montículo recuerda los miles de cuerpos que fueron a dar a este paraje entre colinas y el mar Caribe, donde también están los restos de los opositores de las dictaduras hatianas.
Acompañado de dos amigos, Joseph Gesner Saint Louis, de 35 años, sacude una pequeña bandera haitiana. «Vinimos aquí para hacer algo por la memoria de los muertos», dijo. No hay ningún miembro de la familia pero «honramos a aquellos que pasaron», agregó George Camille, de 45 años al lamentar que el presidente Préval todavía no pone los pies sobre esta fosa común.