Cuando va feneciendo el atardecer en el Centro Histórico de la ciudad, comienza otra cara de la moneda, es la noche cuando las calles se empiezan a llenar de personas que salen a trabajar en uno de los servicios más antiguos del mundo.
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María Elena se ve en el espejo, se pasa el rímel barato en las pestañas y se ve que su rostro ya está cansado y unas arrugas prematuras empiezan a salir; pese a que aún es joven, la vida nocturna en las calles le ha dejado muchos sinsabores. Sonríe, como diciendo: «Otra noche más en el infierno».
Así como María Elena hay muchas otras personas de diferente género que cada noche inundan las calles del Centro Histórico en búsca de vender su cuerpo por unos quetzales.
El número de vendedores de sexo es enorme, la clientela también. Personas de carros de lujo se «levantan» a patojos que oscilan entre los 16 y 18 años y que no son travestís. En otra calle están las personas que visten de mujeres y las jóvenes servidoras del sexo.
Este fiat nació luego que nos quedamos reflexionando cuando asistimos a una charla sobre delincuencia juvenil y allí se dieron datos sobre estas personas que muchas veces están sujetas a caer en hechos criminales…
No voy a comentar sobre la delincuencia juvenil, ese es tema para otra ocasión, sino que pienso sobre el tema de la prostitución, que es un asunto que casi no se toca por miedo a muchos tabúes, máxime que ahora también en las calles la prostitución varonil ya aparece junto a los otros (travestís y mujeres).
Continuando con María Elena, ella tiene dos hijos que mantener, uno de 7 años y el otro de 10, luego que su esposo fue asesinado hace tres años, hechos que en Guatemala ya no son noticias, dado que las autoridades de Gobernación se hacen de oídos sordos y no le ponen asunto a la seguridad de las personas.
La necesidad de vivir y alimentarse tanto ella como sus hijos, la obligó a salir a las calles a vender su cuerpo, ya que después de que falleció su esposo no encontró apoyo en la familia, y la búsqueda de trabajo se le hizo difícil por no tener una carrera de estudio. La única opción fue «tirarse» a las calles a vender su cuerpo a cambio de recibir una paga y así poder subsistir en una sociedad cruel que no perdona a una pobre mujer que por ser servidora de sexo ha tenido que dejar tres habitaciones de alquiler, ya que los vecinos la tachaban de puta.
El desempleo es en gran parte por lo que las personas para poder subsistir buscan maneras de ganarse la vida, algunos al encontrase en un callejón sin salida buscan alternativas como son estas personas que durante la noche trabajan como servidores de sexo, porque es un trabajo, ya que aquí no es por los sentimientos que se entrega el cuerpo a quien lo solicita.
No es que estemos justificando a las personas que viven de ello, pero en una sociedad tan llena de orgullo y donde el señalamiento es como un castigo divino, hablar de estos temas sirve para que se puedan buscar algunas alternativas para encontrar soluciones a tanto mal que se da en nuestra sociedad.
Bryan tiene 19 años y desde hace tres años sale a la 2ª. avenida del Centro Histórico, donde se exhibe para que alguien que tenga inclinaciones con el mismo sexo, se lo «levante» y con ello ganarse unos billetes que le sirven para mantenerse bien en forma. Asiste a un gimnasio y por la mañana continúa sacando su carrera de Contador. Cada persona que trabaja en estas calles nocturnas tiene su historia.
Lo delicado de esta clase de trabajo son las transmisiones de enfermedades sexuales que puedan adquirir o ya sea trasmitir. El VIH es un virus que genera la enfermedad mortal de sida y en una persona promiscua que busca saciar sus deseos sexuales con estas personas en las calles, es frecuente esta enfermedad. Así que es un riesgo para quien corre a buscar esta clase de fantasía, que es como un trago amargo para quienes viven de ello.