Hasta ahora las navidades se han centrado en regalar, abrirse a los demás y ser generosos. En el ambiente no se escucha sino el cántico del presente. Y para esto se echa mano de lo que sea para fundamentarlo: los reyes magos regalaron incienso, mirra y áloe al Niño Jesús; la venida del Salvador fue un regalo a los hombres; Dios quiere en este tiempo que compartamos nuestras cosas. Son días, en consecuencia vividas en clave de regalo.
El mercado lo sabe bien y por eso explota esos buenos sentimientos cristianos (y paganos también). Los centros comerciales se atiborran de gente, las avenidas se cierran e Internet no para en ofrecer ofertas. Son fiestas en donde hay que gastar para sentirse dichoso, los mismos hijos si no se les educa aprenden a valorar el afecto de acuerdo al tamaño del obsequio. Así, hay padres menos buenos que otros, dentro de la lógica comercial.
Para no seguir ese juego inútil parece necesaria una terapia mental crítica que nos ayude a ser menos borregos y más inteligentes y libres. Propongo que así como regalamos a quienes amamos cosas bonitas: joyas, ropa, juguetes, viajes y cenas de gala (con ponche), prometamos regalarles despojos permiten la felicidad del hogar y son obstáculos para la vida dichosa.
Hagamos intercambio de regalos. Imaginemos que papá dice hoy en la noche: «Mi amor, te regalo mi mal carácter (para que lo eches a la basura y te deshagas de él), mis celos enfermizos y mi tacañería congénita, porque te amo y quiero ser diferente». Y ella, para no quedarse atrás responde: «Cielo lindo, quiero obsequiarte a manera de intercambio y para que veas que también puedo ser generosa, mi acoso diario de las llamadas telefónicas, mi falta de cariño con la que te recibo por las noches y mi poco diligencia en la educación de nuestros hijos». Sería fantástico. Sería como una especie de regalo espiritual que no tiene que ver nada con las compras en las tiendas.
Igualmente un hijo puede intentar ser generoso y decir: «Papá, quiero regalarte mis malas notas (a partir de hoy quiero que sean sólo cosa del pasado), mis pocas expresiones de amor, mis rebeldías, mi desobediencia y mis descuidos en las tareas de casa». Y papá podría responder: «Yo te regalo, mi humor cavernícola, mi escasa comprensión y falta de atención a tus necesidades e intereses y el pago puntual de la colegiatura del colegio para que los curas no te vuelvan a molestar nunca». Incluso eso podría hacerse luego de cena, leídas luego de ser escritas en un papel y alrededor del árbol de navidad.
La fecha así no sería sólo de regalar cosas materiales, bonitas y caras económicamente, sino basura (que a la postre no abona para un buen crecimiento familiar y se constituyen en verdaderos tesoros). La idea es sacar las inmundicias de casa y quemar al Diablo (quizá ahora sí tiene sentido). Con esto tendríamos las manos y el corazón limpio para poner al Niño Dios en su nacimiento y celebrar como se debe estas fechas.
Lo invito luego de la cena de hoy a intercambiar ideas con su familia sobre qué regalo le gustaría recibir de la otra persona. Se sorprenderá de las cosas que oirá y será una muy buena terapia para el corazón de cada uno. Feliz Navidad.