La tarde del sábado llovió copiosamente en el área donde vivo. Mientras mi mujer, mi hijo Pablo y su esposa Valerie terminaban la sobremesa del almuerzo y mis nietos el Jóse y la Titi se entretenían en la sala, aproveché un descuido y me escabullí a una habitación donde cama y colchas reclamaban mi presencia.
Después de la siesta me reuní con el grupo familiar para refaccionar. Degustamos cafecito caliente y panecillos. El aguacero se había tornado en ligera lluvia que enfriaba el ambiente y la noche anunciaba su disposición a cubrir el espacio sin darle cabida a las estrellas.
Mis descendientes se marcharon a su hogar. Magnolia se encaminó hacia el dormitorio conyugal y yo me ubiqué frente al ordenador para leer y enviar mensajes e intentar escribir una historieta que he ido posponiendo. Escuché en el teléfono móvil el sonido característico de un “mensaje de texto”. Generalmente dejo para después la lectura de esas citas; pero esta vez pudo más mi curiosidad. Era una lacónica frase que me estremeció. Don Milo Gálvez falleció y su cuerpo lo velaban en la funeraria adyacente al cementerio Las Flores. Mi paisano Nicolás de León (Nico Mush) me informaba del sensible suceso.
Desistí de escribir lo que me proponía. Me acomodé en la silla, estiré las piernas, y tras los vidrios de la ventana de mi estudio observé que la oscuridad nocturna se había apoderado del paisaje. Seguía lloviznando.
Suspiré profundamente. Entrelacé los dedos de mis manos detrás de la cabeza, mis ojos se humedecieron y mis recuerdos sucumbieron ante la nostalgia que se adueñó de mi memoria. El profesor Emilio Gálvez Sosa, a sus 92 plácidos años, había partido a la eternidad. Mi maestro en el Instituto Normal Mixto de Occidente (INMO), de San Marcos, había arribado al tramo final de su pródiga existencia.
Cuando escribo estos apuntes sé que el tema no es para despertar interés de mis contados lectores ni breves polémicas entre quienes escriben acotaciones a mis artículos. Pero hoy se me antoja rememorar pasajes de mi época escolar en la secundaria, en tributo a don Emilio.
Siempre fui remiso a las ciencias exactas. Las matemáticas y sus derivados fueron una especie de monstruo presto a devorar mi inclinación por las ciencias sociales o especulativas. Me regocijaban las clases de historia, geografía, lenguaje y todo lo que significara que mi imaginación recorriera el pasado y presente de la Humanidad y que trascendiera ríos, mares y montañas mediante el armonioso ritmo de la palabra oral o escrita.
Pero en el pensum de estudios figuraban ominosos los números, las tablas de multiplicar, las ecuaciones y, por si fuera poco, más adelante me esperaban la geometría, trigonometría, química y física que irremediablemente debería enfrentar.
Sin embargo, para mi buena suerte, de pie, frente al pizarrón, con borrador y yeso en sendas manos fui a toparme con un catedrático joven, circunspecto, esbelto y con extraordinaria capacidad de trasmitir sus conocimientos en los cursos que yo destetaba; pero que don Milo, con su habilidad pedagógica logró que anidaran, aunque fuera temporalmente, en mi árido cerebro.
Acudí a su velatorio y a su sepelio. Adiós a un maestro, un hombre digno, integro, culto y leal.
(Mi condiscípulo Romualdo Tishudo dice que a don Emilio se le podría parafrasear este refrán: -No se empeñó en ser conocido, pero fue alguien que merecía ser conocido).