PROCESIONES INFANTILES DE PASIí“N EN GUATEMALA


La herencia de la Semana Santa en Guatemala se lesa de padres a hijos desde muy niños. Ello garantiza la vigencia y permanencia de las conmemoraciones sacras del paí­s. (Fotografí­a: Guillermo Vázquez González, 2007).

Fernando Urquizú Gómez

Universidad de San Carlos de Guatemala

La participación infantil en las procesiones de Pasión es actualmente una de las principales fuentes de manutención de estas tradiciones en el medio guatemalteco, al extremo que existen procesiones especí­ficas para niños, organizadas por las iglesias en la capital y el interior de la república, por lo que se convierten en otro de los atractivos peculiares que hacen de de las conmemoraciones de Cuaresma y Semana Santa en un hecho único al resto del mundo.


La presente exposición se refiere a como ha sido esta participación que arranca desde el Siglo XVI hasta nuestros dí­as, haciendo notar que en dicha reconstrucción se recurrió al arte novohispano para hacer evidente situaciones que también se llevaron a cabo en el antiguo reino de Guatemala por haber estado adscrito el obispado de Santiago al de Nueva España, hasta 1743, cuando se formó el arzobispado de Guatemala.

En este contexto histórico la primera fuente monumental que revela la participación de los niños en las procesiones de Pasión en el arzobispado de Nueva España, se encuentra en los murales de la Iglesia de San Miguel de Huejotzingo, del siglo XVI, donde figuran una procesión del Santo Entierro. El detalle del mural del lado derecho al colocarse de frente al altar mayor, se puede apreciar infantes vestidos de penitentes que van de la mano de sus padres quienes con esta actitud los instruyen desde niños en los caminos de la fe.

El mural atestigua una costumbre que debió ser muy común en los territorios del arzobispado, aplicable al antiguo obispado de Guatemala, dependiente del mismo, en donde se cuenta como primera referencia varios documentos relacionados con el movimiento de la cofradí­a de Nuestra Señora de la Soledad en el Archivo General de Centro América, que revelan la participación de infantes vestidos de ángeles para acompañar la procesión del Santo Entierro de Santo Domingo, cuando la capital del reino aún se encontraba en su acentamiento del Valle de Panchoy.

Esta costumbre se extendí­a a otras procesiones de Pasión, según puede deducirse de otros documentos del Archivo Diocesano de la Catedral de San Cristóbal de las Casas del obispado de Chiapas, antes dependiente del de Santiago de Guatemala, que describen los problemas que causaba la participación de los infantes en los desfiles sacros vestidos de angelitos y discí­pulos de Cristo, luciendo joyas y costosos ropajes, ya que distraí­an la atención de los feligreses, y con ello acentuaban más los problemas en las procesiones donde participaban, pues se desmayaban por el calor o tení­an problemas de salud porque se les proporcionaba determinados alimentos (mantecados y chocolate), antes de su participación en estos eventos religiosos, ya que se tení­a la idea que la ingestión de este tipo de comida les darí­a mayor energí­a fí­sica para soportar los largos trayectos y paradas que tení­an que realizar durante su desarrollo.

Estas costumbres muy arraigadas, tanto en el Arzobispado de Nueva España como en el antiguo reino de Guatemala, alcanzaron gran vigencia en nuestro medio hasta muy entrado el Siglo XX. Se cuenta con interesantes evidencias consistentes que la atestiguan: la primera que puede citarse al respecto es una pintura sobre hojalata de cobre que existí­a en la iglesia de El Carmen de la ciudad de Guatemala (antigua capellaní­a de San Juan Bautista), donde figura un niño vestido con habito carmelita cruzando un puente en un paisaje ficticio custodiado por el íngel de la Guarda.

Esta pintura, aunque no relacionada directamente con las procesiones, nos da la idea de vestir a los niños con las advocaciones familiares o devociones de los ahora viejos barrios de la urbe para ocasiones especiales que podrí­a haber sido su bautizo o bien su conformación, dí­a de su Santo Patrono, de su Santo, cumpleaños, o participación en alguna procesión especial. Un cuadro de similares caracterí­sticas es expuesto en la obra: Liber Aureus de Miguel Fernández Concha donde figura otro niño vestido con hábito dominico situado en un paisaje figurativo. Es interesante que en ambas imágenes la edad de los niños puede oscilar entre cuatro a siete años.

Las descripciones citadas cobran más vigencia cuando se aprecian la extensa cantidad de pinturas y esculturas iconográficas de Jesús Niño, sufriendo los escarnios descritos en los evangelios de su Pasión, que eran enseñados y recapitulados a niños y adultos por medio de la recitación del rezo de los Misterios Dolorosos del Rosario y el Ví­a Crucis, que contaban para reforzar la fijación mental con hermosos retablos y estaciones, donde la imagen de Jesús era representada por un infante.

Los retablos eran organizado de manera lógica y formal para servir como elementos didácticos del Evangelio. Uno de los más completos que ha llegado hasta nuestros dí­as es el de Jesús Nazareno de la Merced de la Nueva Guatemala de la Asunción, donde aún se puede percibir su función didáctica ligada a los Misterios Dolorosos del Rosario, muy común en los retablos novohispanos, los cuales han sobrevivido en un estado más ligado a su forma original en el siglo XVI, tanto en poblados grandes (como en la Catedral de la ciudad de México) como en poblados más pequeños (tal el caso de la iglesia de San Luis Rey de Francia, de la ciudad de Huamantla, Estado de Tlaxcala).

Para una mejor asimilación en la enseñanza de los preceptos religiosos se debieron existir versiones infantiles que se pueden inferir cuando se asocia a la escultura de Jesús de la Demanda que se sale en procesión el sábado anterior al Domingo de Ramos de la iglesia de la Merced de la ciudad de Guatemala, que cuenta con esculturas semejantes que ilustran otros misterios dolorosos. Estas últimas tallas se encuentran en colecciones privadas.

La participación de los niños vestidos de apóstoles de Jesús es evidente en fotografí­as anteriores a la primera procesión infantil que salio de la iglesia de la Merced en 1955 con la escultura de Jesús Nazareno «De la Demanda» ya mencionada, que recorrió las calles de la urbe para sembrar en las nuevas generaciones desde una temprana edad el deseo de participar en los grandes cortejos procesionales, situación que generó un nuevo objeto en las tomas fotográficas en las procesiones de Pasión ya que en los álbumes familiares nunca ha faltado la foto de la primera vez que se vistió al niño con el traje de cucurucho con el que participó como aspirante o bien como cargador en la procesión de la iglesia de su barrio.