Todo humano, se ubique donde sea, afronta alguna problemática, tenga o no, recursos monetarios. En sucesivas etapas de su vida la misma dista de ausentarse en definitiva, razón de peso para que la educación deba de alguna forma centrar su formación integral como prioridad uno.
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Se considera un desafío, cuando no, tremenda prueba para que ponga en práctica sus capacidades a todo nivel, y al superar cualquier contingencia al final sienta el triunfo. Antes decían sin caer en irrespeto las generaciones así: «Quien dijo Dios, también dijo hombre».
Lo anterior, a propósito que desde siempre existen esfuerzos, estrategias, planes, métodos tras métodos; didácticas variadas, de cara a la solución de problemas. Corrientes distintas, en su momento, congruentes con los puntales que subyacen en intereses y necesidades, de eso tratan.
Sin embargo, pese a la eterna búsqueda, la realidad está pendiente que la educación, mediante reformas aquí y allá, logre concretizar el inveterado punto crucial que no funciona. Dejan pendiente enfocar los objetivos en la filosofía que es garante de: «Aprender haciendo».
Si el maestro cifra sus metas en conseguir el cultivo y desarrollo de valores humanos, proponiéndose despertar en los educandos la capacidad de ser pensante, investigador, contestatario, deseoso de constituirse en protagonistas y no simplemente ser observador, entonces ha ganado.
Un método eficaz, bastante experimentado, que hace énfasis en el hecho de respetar su personalidad, ajeno a presiones y políticas erráticas vigentes, es el de solución de problemas. Surgidos en el aula, escuela y por ende en el hogar y también en la comunidad o entorno social.
El educador al centrar su acción beneficiosa en dicho método, auxiliado de recursos propios y la estrecha colaboración de personas y entidades, sale a flote. Conseguirá que los alumnos aprendan a solucionar dificultades, léase problemas, y adelante seguirá en la misma línea de acción.