Prisioneros del miedo


Los paquistaní­es, que aprovechaban el otoño para disfrutar de picnics y excursiones sin el aplastante calor veraniego, se han convertido en presos en sus propias casas ante el miedo de que la actual ola de atentados transforme esos momentos de ocio en masacres.


Estos temores se vieron ratificados el miércoles cuando un coche bomba estalló en un mercado repleto de gente en Peshawar, la gran ciudad del noroeste de Pakistán, dejando de un saldo de más de 90 muertos y 200 heridos, según fuentes médicas.

En este contexto, la vida diaria de los paquistaní­es se vuelve cada difí­cil.

«No vamos a ningún sitio; no es el momento para ir a los mercados o a otros lugares públicos», dice Bushra Tayyeb, un ama de casa de Islamabad.

Como el resto de las madres de la ciudad, Bushra confiesa que, pese a que sus hijos se aburren, no les deja ir al cine ni al parque.

Su hijo, Danish, de 12 años, ha vuelto al colegio después de una semana sin clases tras un atentado suicida en la universidad de Islamabad, pero miles de alumnos de escuelas privadas aún no reanudaron las clases.

«No puedo estudiar bien. No puedo ir a ver una pelí­cula al cine ni a jugar en el parque. No se qué me está pasando a mí­ y a mi paí­s», se lamenta Danish.

«Quiero disfrutar de mi vida como antes. Quiero moverme libremente, no puedo estarme sentado en casa», añade, al tiempo que pide al gobierno que proteja a la población.

La mayorí­a de los paquistaní­es ya decí­an que Islamabad era un «desierto» en tema de diversión comparada con Karachi, que nunca duerme, o Lahore, famosa por su sofisticada oferta cultural. Ahora, con el miedo a atentados, las cosas han empeorado.

«Hasta hace unas semanas estábamos llenos hasta la una de la madrugada, pero ahora nos mantenemos a mala pena porque la gente no sale», reconoce Haseeb Abasi, un camarero de una hamburgueserí­a.

El centro comercial al otro lado de la calle era un punto de encuentro para los jóvenes del barrio, dice Abasi. Ahora, pocos se acercan por la zona.

Las más desiertas son las cadenas occidentales de comida rápida, ya que debido a su relación con Estados Unidos se consideran los blancos más fáciles para los ataques de los islamistas.

Lo peor es que la ofensiva militar terrestre y aérea de doce dí­as contra los santuarios en Waziristán del Sur de los islamistas del grupo Tehreek-e-Taliban Pakistan, responsable de la mayor parte de los recientes ataques, sólo ha acrecentado el miedo.

«Hemos perdido de un 50 a un 60% de nuestros clientes en pocos dí­as. Todo por los ataques suicidas y la operación en Waziristán del Sur», afirma Muhammad Shabbir, director de la filial en Islamabad de la cadena estadounidense KFC.

Los ataques no son una novedad en Islamabad. El más espectacular -un camión bomba que mató a al menos 60 personas en el hotel Marriott en septiembre de 2008- provocó el éxodo de muchos extranjeros.

La fatalidad se une al miedo en los habitantes de Islamabad, a quienes ni los detectores de metales instalados en las entradas de los restaurantes ni los guardias que vigilan sus puertas han logrado darles seguridad.

«Vamos a poner más guardias de seguridad y a instalar cámaras ocultas pero eso no garantizará que no pueda pasar nada. Si un kamikaze decide venir aquí­, nada lo podrá parar», reconoce Shabbir.

Los tenderos opinan lo mismo. «Cualquiera que parezca un cliente puede entrar y hacerse estallar dentro de la tienda», subraya Mansoor Nazir, vendedor en un negocio de ropa.

El descontento está creciendo contra el gobierno y los servicios de seguridad, incapaces de proporcionar a la población una protección adecuada.

«Su deber es protegernos pero ni siquiera ponen barreras o controles en los sitios adecuados», añade Nazir.

Por su parte los policí­as, mal pagados y peor entrenados, dicen que su misión de desenmascarar a posibles kamikazes y terroristas es como buscar una aguja en un pajar.

«Es difí­cil controlar a miles de pasajeros en sus coches», confiesa Muhammad Hamraz, un policí­a responsable de un puesto de control en una importante arteria de la ciudad, bien consciente también del peligro.

«Un kamikaze puede hacerse estallar en mitad de esta cola, pero venimos a trabajar totalmente preparados para morir porque no hay alternativa».