Presupuesto 2011: un nuevo fracaso


Mucha tinta se ha escrito acerca del endeudamiento interno y externo que tiene el Estado guatemalteco y que, año con año se incrementa. Se habla de recortar el gasto, diminuyendo el presupuesto general de ingresos y egresos del Estado. El nudo grueso del endeudamiento se encuentra en la baja carga tributaria nacional, una de las más raquí­ticas de la región. La única ví­a posible para salir del charco es la siempre postergada reforma fiscal, objetada de oficio por los que tienen más ingresos y debieran pagar más impuestos. El gasto social del Estado debe aumentarse en la medida de las necesidades de la sociedad, a través de mayor recaudación.

Pablo Siguenza Ramírez
pablosiguenzaram@gmail.com

El modelo de acumulación capitalista, con todo y sus recurrentes crisis y reacomodos, ha generado más pobreza y desigualdad que nunca. Las metas del milenio de Naciones Unidas que buscaban reducir los niveles de pobreza y hambre en el mundo para 2015 están, año con año, más lejos de alcanzarse. El modelo de desarrollo mundial está haciendo colapsar al mismo sistema planetario; el cambio climático es prueba irrefutable de ello. ¿Es posible transitar a otros estadios de organización social mundial menos destructivos y mantener la reproducción de la especie? ¿Qué caminos podemos recorrer para evitar mayor daño al ambiente y la naturaleza? ¿Es posible acabar con la explotación del hombre por el hombre y garantizar vida digna para toda la humanidad?

Recuperar el humanismo y la ética de la solidaridad es necesario. Pensar en colectivo y rechazar las doctrinas individualistas que nos aí­slan y separan entre hermanos y hermanas. Reducir drásticamente el consumismo energético de los paí­ses del norte y las grandes ciudades. Construir nuevos pactos sociales y polí­ticos que viabilicen oportunidades reales para que los pueblos sean artí­fices de lo que llaman en Sudamérica «el buen vivir». Todas estas son acciones tan urgentes como que de ellas depende la vida de nuestros hijos e hijas.

En Guatemala, un primer pacto polí­tico que debemos lograr es consensuar una reforma fiscal progresiva y garantizar que los recursos tributarios se dirijan a polí­ticas contundentes de transformación, como la Polí­tica Nacional de Desarrollo Rural Integral. Hay consenso entre académicos, empresarios y expertos en que, en un paí­s como Guatemala, promover el desarrollo rural es garantizar un camino seguro para el desarrollo nacional.

Frente a la discusión que sucedió en los últimos dí­as de noviembre dentro del Congreso de la República sobre el presupuesto 2011 del Estado, el conjunto de organizaciones campesinas y de pequeños productores agrí­colas del paí­s unieron su voz para pedir que el presupuesto para el Ministerio de Agricultura, Ganaderí­a y Alimentación se incrementara, por lo menos, a mil 600 millones de quetzales para la implementación de la Polí­tica de Desarrollo Rural. Los diputados del Congreso, en una resolución deplorable, incluso redujeron la propuesta que el ejecutivo habí­a hecho. El presupuesto aprobado quedó en poco más de 600 millones de quetzales. Con esto se evidencia la falta de interés de los partidos polí­ticos por apoyar a la producción agrí­cola de la que dependen más de la mitad de la población del paí­s.

Cerca de un millón de productores de granos básicos en el paí­s, miles de pequeñas y pequeños caficultores, decenas de miles de trabajadoras en cultivos para la exportación, los productores de tilapia, mojarras o camarón en rí­os y mares, los poseedores de pequeñas parcelas con bosque, las productoras de hortalizas en el altiplano, los parcelarios de la costa sur y El Petén, y todas sus familias han sido defraudadas por el Congreso y sus diputados. La posibilidad de un nuevo pacto social en beneficio de las mayorí­as se ha echado por el retrete.