En noviembre del año 2008, en el acto inaugural de un foro empresarial, el presidente ílvaro Colom reconoció la magnitud de la criminalidad que sufre nuestro país. Yo esperaba que ejecutara su mejor acto posible de gobierno: renunciar. Evidentemente, no renunció. Y como si él hubiera querido brindar un espléndido espectáculo de licenciosa y delictiva pero impune ineptitud, pidió «paciencia». Pidió que pacientemente los ciudadanos fueran víctimas del delito, como el robo, el asesinato, el secuestro o la extorsión.
Durante un acto reciente de celebración del aniversario décimo tercero de la Policía Nacional Civil, el presidente Colom, obligado a reconocer el terrorífico resurgimiento de la criminalidad, declaró que debemos «aguantarnos». Y debemos «aguantarnos» porque el resurgir de la criminalidad es una reacción provocada por el éxito que presuntamente él ha logrado en combatir bandas criminales. Y no «aguantar» esa reacción es «arrodillarse» ante esas bandas, es decir, es renunciar a tener éxito en combatirlas.
Entonces usted, que viaja en un autobús del servicio de transporte público, «aguante» la reacción de las bandas criminales. Es decir, «aguante» ser asesinado; y entonces no será víctima «arrodillada», sino erguida. Y el presidente Colom estará presente en su ceremonia funeral para elogiar su heroico «aguante». Y consuélese: usted habrá sido uno más de los miles de ciudadanos que han sido asesinados en autobuses del servicio de transporte público.
Entonces usted, que posee un inocultable patrimonio seductor, «aguante» la reacción de las bandas criminales. Es decir, «aguante» ser secuestrado; y entonces no será víctima «arrodillada» sino erguida. Y el presidente Colom lo declarará ejemplo nacional de «aguante». Y consuélese: algunos secuestradores cumplen la promesa de no asesinar a la víctima si se cumple el convenio de rescate.
Entonces usted, que es propietario de una modesta tienda de algún barrio pobre, «aguante» la reacción de las bandas criminales. Es decir, «aguante» ser amenazado por pandilleros que le exigen pagar por el derecho a comerciar; y entonces no será víctima «arrodillada», sino erguida. Y el presidente Colom lo condecorará con la Orden del Quetzal, en el grado de modesto «aguante». Y consuélese: algunos pandilleros tienen paciencia, propicia para que usted viva algunos días más.
Entonces usted, que es padre o madre, esposo o esposa, hijo o hermano, abuelo o nieto, «aguante» la reacción de las bandas criminales. Es decir, «aguante» ser víctima de robo, asesinato, secuestro o extorsión; y entonces no será víctima «arrodillada», sino erguida. Y el presidente Colom premiará tan patriótico «aguante». Y consuélese: Dios, en un súbito acto de suma piedad por el pueblo de Guatemala, puede dotar al presidente Colom de la «inteligencia» (de la que genéticamente parece estar despojado), con la cual prometió combatir el crimen.
El presidente Colom realmente no pide que «aguantemos» una resurgida y novedosa criminalidad. Pide que lo «aguantemos» a él mismo. Pide, pues, que «aguantemos» catástrofes peores que aquéllas que son provocadas por fenómenos naturales como terremotos, huracanes o tormentas tropicales.
Post scriptum. Si el éxito del presidente Colom en combatir la criminalidad provoca un incremento de la criminalidad pero no puede combatir la incrementada criminalidad, sino sólo puede pedir «aguantarla», deberíamos suplicarle que no tenga tal éxito, sino que se esfuerce por lograr un benevolente fracaso.