La preservación de las lenguas indígenas en Brasil representa un problema real y urgente, sin embargo un programa de registro y documentación ha generado polémica debido a que involucra a una institución académica extranjera. El antropólogo Carlos Fausto, profesor de posgrado en Antropología Social de la Universidad Federal de Río de Janeiro, dijo a Xinhua que detrás de la discusión existe una realidad dramática poco conocida por el público que tiene mucho mayor alcance que el debate.
Cuando los europeos llegaron a Brasil se hablaban 1.200 lenguas indígenas diferentes, agrupadas en más de un centenar de familias lingí¼ísticas, sin embargo la acción del hombre «civilizado» extinguió a más de 85 por ciento.
Cinco de estas lenguas se extinguieron en los últimos ocho años.
Las 175 lenguas sobrevivientes, pertenecientes a 43 familias lingí¼ísticas, corren un serio riesgo. Una de ellas tiene en el estado brasileño de Paraná un único parlante.
Cincuenta de esas lenguas son habladas por grupos inferiores a las 100 personas y su extinción es cuestión de tiempo, ya que se trata de grupos en proceso de desestructuración y aculturación.
Fausto aseguró que documentar estas lenguas sobrevivientes constituye una tarea «monumental», que exige esfuerzos combinados.
En esas condiciones, el acuerdo firmado por la Fundación Nacional del Indio (Funai) y el Instituto Max Plank de Psicolingí¼ística de Nimega, Holanda, debe ser bienvenido, pero no es lo que ocurre, señaló es especialista.
El acuerdo recibe apoyo financiero de Alemania a través del programa Dobes (Documentación de la Lengua Amenazada , por sus siglas en alemán), que a su vez es financiado por la Fundación Volkswagen de ese país.
El Dobes ha financiado tres proyectos de documentación y registro con alta calidad técnica de tres lenguas indígenas entre 2000 y 2005. En ese último año inició la investigación y documentación de otras cuatro.
De acuerdo con Fausto, es ahí donde aparecen los problemas, ya que una de las exigencias es que los investigadores participantes estén vinculados a instituciones europeas, y la otra es que todos los materiales resultantes sean depositados en el Max Plank Institute para su estudio posterior.
Los proyectos aprobados tampoco se destinan a preservar las lenguas más amenazadas (excepto en un caso, el de la lengua «kaxyána», hablada por 70 indígenas), sino que estudia algunas habladas por miles de personas.
A pesar de eso, el antropólogo brasileño sostuvo que el acuerdo es válido porque permite la formación de investigadores brasileños, capacita a los indígenas para realizar los registros y permite mantener copias de todo el material en el Museo del Indio, órgano de la Funai.
El profesor Ayron Rodrigues, de la Universidad de Brasilia y especialista en el tema, defendió esa postura, sin embargo criticó el envío del material documental a los institutos europeos.
También el profesor inglés Chris Sinhá, de la Universidad de Portsmouth, censuró al acuerdo su «falta de compromiso con la preservación» de las lenguas amenazadas y señaló que su objetivo es apenas la capacitación de especialistas alemanes.
El antropólogo Fausto lamentó el tono pasional y subrayó la necesidad de llevar adelante ese trabajo, sin perjuicio de que también se realicen acciones destinadas a documentar urgentemente las lenguas en riesgo de desaparición.