Predestinada


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No eran como los de ahora, al menos los que recuerda. Sus hojas eran grandes, gigantes en ese entonces y todo era blanco y negro. Cada tarde junto con su papá llegaban cerca de donde vendí­an los brichos y el aserrí­n de Navidad, justo ahí­, bajo ese puente, una mujer bajita, regordeta y cholca les despachaba dos o tres periódicos mucho antes de que las luces de los focos de la calle se encendieran.

Claudia Navas Dangel
cnavasdangel@yahoo.es

 


Esperaba con ansias a que su papá terminara de pasar las hojas y luego ella, con sus diminutas manos, lo sujetaba sentada en el mismo sillón que su progenitor y fingí­a leer lo que estaba escrito. Al dí­a siguiente recortaba los anuncios: una televisión, una refrigeradora, todo lo que sirviera para sus muñecas de papel que compraba en la librerí­a a unas cuadras.

Solí­a jugar con un machacador de chiles primero y luego con un micrófono que le regalaron en Navidad, a entrevistar a todos en la casa, escribí­a con su retorcida letra de carta las preguntas y luego, tras pasarse el pelo detrás de las orejas empezaba el interrogatorio. Más adelante tuvo una grabadora y aprendió a poner récord para guardar todo aquello que respondí­an.
Su papá le dijo un dí­a que seguramente iba a ser periodista, pensando en halagarla, pero ella corrió a su cuarto a llorar amargamente sobre la almohada y es que para ella los periodistas eran los que vendí­an los “perióricos”, sí­, escrito así­, bajo aquel puente.
Cuando le explicaron que hací­a un periodista decidió que sí­, que iba a trabajar en eso. Le regalaron una máquina de escribir, de aquellas de tinta a dos colores y empezó a anotar todo lo que consideraba importante.

Para una Semana Santa vio en carne y hueso a aquel señor del periódico de deportes, corrió hacia él y le dijo: cuando sea grande yo también voy a ser periodista. í‰l con una sonrisa y tono amable le dijo y vas a trabajar conmigo en El Gráfico. Fue la única vez que lo vio, mucho después de que lo mataran llegó estando ya en la universidad a ese periódico tal y como lo habí­a dicho Jorge Carpio.
Las letras eran parte de sus sueños, y la máquina se convirtió en su juguete favorito. La Revista Crónica, Prensa Libre y La Hora fueron sus escuelas.

Con el tiempo comprendió lo absurdo de su llanto en la niñez, ser voceador es también ser un poco periodista y ahora lo valora. Para muchos es una profesión bella y horrenda como el poema de Otto René Castillo al hablar de Guatemala. Para ella es como lo describe Garcí­a Márquez, el mejor oficio del mundo.
No imagino trabajar en algo distinto y no hay nada que me guste más que leer los periódicos cada mañana, aun estando lejos.