De un tiempo para acá, el tráfico es insoportable; no es necesario que pase nada, para que se hagan, al menos, dos kilómetros de vehículos. Más aún, con el solo hecho de que un vehículo se quede sin gasolina, provoca más cola, no digamos si hay una protesta que bloquea una calle principal.
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A pesar de que es una situación diaria, poco reflexionamos sobre ello. Personalmente, procuro salir temprano para no toparme con el tráfico, pero cada vez las colas madrugan más.
El automóvil que va enfrente mía es un taxi; probablemente, la experiencia le hizo escribir un rótulo en la parte de atrás: «Precaución, paradas continuas», lo cual me avisa su imprudencia y me alerta a estar despierto porque en cualquier momento realizará una parada repentina.
Recuerdo un cuento de Julio Cortázar, titulado «Autopista del sur», en donde compara la vida con el tráfico que se vive los domingos por la tarde a la entrada de París.
Pese a que en el tráfico (como en la vida), todos vamos hacia el mismo lugar, insistimos en entorpecernos, obstaculizar más. Los más innovadores (o, más bien, los más abusivos) precisan ir siempre en la fila que va más rápido, sin importarles que están interrumpiendo ese flujo.
El taxi que va enfrente de mí hace una de sus anunciadas paradas continuas, y no me deja pasar, todo para ofrecer su servicio en una parada de bus; un ingenuo se acerca y pregunta: «Â¿Cuánto me cobra de aquí a la zona 1?», dice. «Veinte quetzales», dice el imprudente piloto. El rostro de tristeza se refleja en el preguntón, pues debe decidir entre llegar temprano al trabajo para que no lo despidan, y almorzar.
La mayoría de vehículos llevan en su vientre sólo a una persona; en el cuento de Cortázar era el reflejo de nuestra soledad. Viajar (vivir) acompañados significa que alguien deje su automóvil y esperar que alguien lo invite a introducirse a su carro (vida). La única compañía que muchas personas tienen en sus vehículos es la radio; por eso, cuando los ladrones rompen un vidrio para robárselo, se roban más que un aparato.
Esta inacción que se vive en el tráfico es como el desarrollo de Guatemala. ¿Por qué si todos vamos hacia un mismo lugar, insistimos en entorpecernos? El desarrollo de Guatemala es similar; la improvisación de los actuales gobernantes es como que en la carretera se obstaculizara una vía. Constantemente, han dado declaraciones: «vamos a revisar la minería», «vamos a aumentar el número de militares», «el presidente viajará en aviones del CACIF», «revisamos Petrocaribe», «habrá cambio de hora», y después se hace para atrás; son como el taxista que hace paradas continuas sin previo aviso, poniendo en peligro el avance del tráfico.
El tráfico es, más bien, un fenómeno del subdesarrollo. El matrimonio que se casó hace diez años y se fue a vivir a una lotificación de Villa Nueva, insiste en que su hija estudie en el Betania, como su madre, porque, «Dios guarde, no va a estudiar con los mareros de acá cerca». El sistema escolar, el subempleo y el desempleo, provocan diarias migraciones sobre el asfalto de una o dos horas, si es que no ocurre algo extraordinario.
Habría que considerar también el tráfico como un fenómeno alternativo de racismo; aunque no es una generalización, es difícil ver a un criollo en una camioneta urbana, mucho menos extraurbana. En sus vehículos, en el tráfico, mientras la gasolina se consume, muchos dan gracias de no ir en la camioneta, en donde indígenas y mestizos deben soportar extorsiones, robos, muerte…
Observo al taxi que va frente a mí, para cuidarme de sus paradas repentinas; y mientras espero que avance, canto, como si estuviera sonando una canción en el radio que me robaron hace ocho meses.
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