¡Cómo pasa la vida! Cómo se repiten fenómenos naturales en nuestra dolida, irredenta y aguantadora patria. Hace treintiseis años en la madrugada, del 4 de febrero de 1976, la población amaneció sacudida en todas las regiones, a causa del terremoto. Tuvo una duración de segundos, sin embargo, de dimensiones fuera de serie y efectos desastrosos.
A la luz del día, presentaron una imagen dantesca. La infraestructura física sencilla, de mediana construcción y algunos edificios formales, abatidos terminaron en tierra. Escombros dondequiera rebasaron un cuadro de espanto, angustia generalizada y ruina visualizada, en medio del caos horas de horas, en sentido patético, a lo largo y ancho del territorio.
Desde los primeros instantes, estadísticas arrojaron cifras alarmantes, mismas que después aumentaron cantidades. Millares de muertos, heridos y traumatizados, incluso discapacitados. De edades diversas, género y raza, en menoscabo de familias guatemaltecas y residentes oriundos de otras naciones, pero domiciliados en el territorio chapín, tiempo atrás.
La noticia dio la vuelta al mundo, al igual la ayuda proveniente de países amigos se hizo presente. Gesto solidario demostró cómo ese sentimiento alcanza lugar valioso en terminas humanitarios. Significancia escrita mediante caracteres a la enésima potencia, impresos en la conciencia y la gratitud imperecedera de los guatemaltecos en general, como respuesta.
¿Qué representó el fuerte movimiento telúrico? Llegó y continuó latente el hecho que proseguimos siendo vulnerables; experiencia que debiera habernos preparado antes y después del evento, cuyas páginas históricas cobran renglones en serie. Es preocupante el olvido, victimario fue el adobe utilizado en la construcción; se carece de escuela totalmente.
Un vistazo al mayor contingente humano que constituye la ciudad capital dio la pauta rápidamente. Mientras que poseemos sino rascacielos en el amplio sentido de la palabra, que dan lucidez y nombradía a la metrópoli guatemalteca, otras construcciones son la contrapartida a ojos vista. Más en el interior, sin que las municipalidades ejerzan el debido control.
Meritorio y confortante es no vanagloriarnos así por así. La actitud colectiva en ocasión del fuerte sismo, mantuvo firme el estado de ánimo. La adversidad ocupó puesto inconmensurable, pero la posición valerosa coadyuvó a no sentirnos vencidos. El presidente Kjell Eugenio Laugerud, se puso al frente e infundió ánimo al recalcar el mensaje; «Estamos heridos, pero no de muerte».
Comportamiento positivo se extendió entre los moradores. Ayuda mutua, colaboración sin condiciones y servicio comunitario; intercambio de cosas básicas. Todos conocidos de nombre, forjamiento de nuevas amistades. Se depuso la indiferencia, soberbia, altanería y demás expresiones conductuales merecedoras de alabanza a voz en cuello a los cuatro vientos.
Préstamo de artículos de la canasta básica; conversaciones a menudo, al lado de la champa histórica también. En síntesis, convivencia sin rodeos; empero el tiempo, ausente ya de ansiedad colectiva volvió a surgir diferente, lamentablemente. Vigilancia por turnos durante la jornada nocturna, no exenta de amigos de lo ajeno y acciones delincuenciales se notó.
Importantes servicios públicos no se interrumpieron, a base de sacrificio, en aras de la confraternidad. Tales como: electricidad, telefonía y transporte colectivo urbano y extraurbano. El agua entubada estuvo presente, libre de excesos caprichosos, en boga en temporada corriente, con miras a ofrecer la completa normalidad, más deseable en ese entonces ya lejano.
La red hospitalaria tampoco se interrumpió pese a que el hospital General San Juan de Dios colapsó se trasladó al Parque de la Industria. Hubo limitaciones, empero se atendió la emergencia numerosa de traumas múltiples. Las fracturas de la pelvis predominaron en casos severos de consecuencias tremendas. La larga madrugada del terremoto dejó remembranzas aleccionadoras.