La frase que anotaré resulta repetitiva y carece de originalidad; pero las palabras que encierra son lo más cercano a la imaginación, respecto a que los guatemaltecos hemos perdido la capacidad de asombro ante la frecuencia y sangrienta variedad de crímenes que se cometen en el territorio nacional, al extremo que muchos de esos casos de crueldad e ignominia ya no son motivo de figurar en primera plana de los medios impresos.
No hay respuesta o explicación –por lo menos no están a mi alcance– de las causas fidedignas que provocan en adultos de uno y otro sexo, y hasta de adolescentes, la sádica conducta que los conduce a cometer atroces delitos, incluso arrebatándole la vida a los que se consideran sus seres amados o personas con las que han convivido desde su tierna edad o durante una etapa de sus existencias.
Pese a la reiteración de violaciones, asesinatos y homicidios que se cometen cotidianamente y que aunque uno pretenda ignorar esa clase de hechos repudiables, procurando no ver u oír noticiarios y noticieros, ni leer las páginas de la crónica roja de los diarios, de todas formas se siente salpicado por la sangre derramada, contagiado de contenida ira, contaminado de escondido rencor o profundamente herido en el alma al tener conocimiento de la brutalidad de los crímenes y del sufrimiento de los familiares de las víctimas indefensas.
Independientemente de que haya sido un anciano el que sucumbió en manos de un hijo suyo, que una abuela haya sido asesinada por un desquiciado nieto, que una madre de dos o más niños haya pagado con su vida la atrocidad de un marido y padre borracho cegado por la celotipia que provoca su alcoholismo o que el cadáver de una niña violada aparezca a la vera de un camino o en el fondo de un barranco, de todas formas nos conmueve en lo más recóndito de nuestras conciencias, porque formamos parte de un país que se va hundiendo en el abismo y la vorágine de la violencia que se ha apoderado de la colectividad.
Resulta fácil y hasta legítimo atribuir a las fuerzas de seguridad del Estado la total responsabilidad de esta imparable ola delincuencial, por más esfuerzos que realice el Ministerio de Gobernación y el Ministerio Público; pero hay crímenes tan perversos que ocurren dentro de ámbitos familiares que no son imputables directamente a debilidad de las autoridades, elementos de la PNC y agentes fiscales del MP, sino que desde mi óptica empírica tienen su raíz en la pérdida de principios y valores éticos, morales, cívicos y espirituales en los que todos los adultos cargamos con nuestra parte alícuota, por mínima que sea, al permanecer indiferentes ante la carga de podredumbre desplegada abiertamente en esta sociedad alienada y consumista.
(El periodista Jorge Mario Barrera, quien viajaba por La Mesilla, llamó a Romualdo Tishudo para recomendarle que yo ni me asome por Huehuetenango porque la Policía y el Ejército están tras la pista de un tal Eduardo Francisco Villatoro Cano. ¡Uffff!!).