«El arte, la gloria, la libertad se marchitan, pero
la naturaleza siempre permanece bella»
( Lord Byron )
Ambiente sano, significa libre de excesos de toda clase, es decir, agua pura, aire libre de impurezas, suelo sin deterioros por desechos sólidos; y, obviamente, para obtener la calificación de limpieza y sanidad, se necesita que en el entorno nacional predomine el amor a la naturaleza y el rechazo a la degradación y contaminación del ambiente que nos rodea.
Contaminar, asimismo, significa ensuciar el aire, el suelo y el medio en el que el guatemalteco se desarrolla.
Contaminar, es violencia social, psicológica por medio de partículas extrañas que pululan en el entorno.
La República de Guatemala, otrora «Flor de Pascua en la Cintura de América», se debate entre las enfermedades transmisibles por su ambiente contaminado y el deseo de querer una mejor vida.
Los antecedentes de la participación ambiental de nuestro país, datan de la Conferencia de Estocolmo (1972), época en la que las naciones participantes, incluyéndose la nuestra, decidiera participar y comprometerse a adoptar todas las medidas institucionales para prevenir la contaminación ambiental. Fue en esa reunión en que se acordara celebrar el 5 de junio como «Día Internacional del Medio Ambiente».
Sin embargo, el avance ha sido muy lento si lo comparamos con el fenómeno de la contaminación ambiental y las denuncias que a diario la población afectada logra pronunciar por diversos medios.
Luego, el acceso a la información y justicia ambientales es prioritario en nuestro medio. A ello, se debe sumar, el fomento de la conciencia ambiental.
Lo últimamente escrito, además, conlleva buena educación, ética ambiental, una legislación acorde con la época que vivimos; profesionales dignos y respetuosos de sus semejantes.
En consecuencia, a efecto de poder adoptar una conducta positiva hacia nuestro entorno y buscar las fórmulas apropiadas para mejorar el ambiente, me permito resaltar lo que nos legaran más de mil seiscientos ochenta científicos, el 18 de noviembre de 1992, representantes de setenta países entre los que se encontraban 102 de los 196 científicos vivos que han sido galardonados con el Premio Nobel, firmaron y enviaron un aviso urgente a los jefes de gobierno de todas las naciones, según nos relata en su obra Ciencia Ambiental, Preservemos la Tierra. G. Tyler Miller Jr, así:
El medio ambiente está padeciendo una tensión crítica. Nuestra forma masiva de alterar la complejidad de la vida y sus interdependencias, unido al daño medioambiental inflingido por la deforestación, la pérdida de especies y el cambio climático, podrían desencadenar efectos negativos generales, incluyendo derrumbamientos imprevisibles de sistemas biológicos esenciales, cuyas interacciones y dinámica comprendemos sólo de forma imperfecta.
La falta de certeza con respecto al alcance de dichos efectos no puede excusar la complacencia o la demora para hacer frente a estas amenazas. No quedan muchas décadas, puede una, antes de que se haya perdido la posibilidad de evitar los peligros con que ahora nos enfrentamos y de que las perspectivas para la humanidad se hayan reducido inconmensurablemente. Tanto si estamos industrializados como si no, todos tenemos un solo bote salvavidas. Ninguna nación se librará del daño cuando los sistemas biológicos mundiales se hayan estropeado. Tenemos que reconocer la capacidad limitada de la Tierra para cubrir nuestras necesidades.
Finalmente, los científicos han cumplido con su deber de advertir a los jefes de gobierno de todas las naciones, los efectos negativos que a mediano plazo se pueden presentar y de ello, Guatemala, no podrá escapar como ya se viene observando, por la forma en que los seres humanos manejan su entorno y los recursos naturales, lo que a la postre, significa centros urbanos contaminados, aumento de epidemias, deforestación, ruidos infernales, destrucción de ecosistemas, humedales secos, cambio climático y otros fenómenos.