Luego de la Segunda Guerra Mundial el planeta quedó dividido en dos bloques distintos: los países aliados de EE. UU. defensores del capitalismo, y los países liderados por la URSS, bajo regímenes comunistas. Esto dio lugar a la llamada Guerra Fría, donde la nota predominante en las relaciones internacionales fue la desconfianza mutua, lo que desembocó en un clima de tensión mundial. Aquella política de acusaciones mutuas y de miedo soterrado hizo que la mayoría de los países se vieran forzados a tomar parte, constituyéndose dos poderosos bloques militares: la OTAN, formada por EE.UU. y aliados, en 1949 y el Pacto de Varsovia, la Unión Soviética y aliados, en 1955.
Ante una complicadísima guerra civil en Siria, el presidente de Estados Unidos Barack Obama ha concluido que el Gobierno sirio es responsable del ataque y, por tanto, argumenta que tiene que haber un castigo militar. Pero después de una semana no ha aportado pruebas fehacientes que incriminen al gobierno sirio, mientras hoy en su Congreso se vota para atacar. Una encuesta indica que casi un 60% del pueblo norteamericano votó en contra de la acción militar. Todo parece que la sombra y el legado de poca confianza derivada de las acciones anteriores de G.W. Bush están en contra del presidente Obama.
Desafortunadamente no se trata solamente de una acción aislada de Estados Unidos degradando la capacidad bélica de Siria, sino de algo más grave y sumamente peligroso, una amenaza mundial. Luego de tantos años, todo indica que la Guerra Fría, supuestamente terminada durante los años ochenta, de manera gradual y repentina se calienta, dado que con el inminente ataque, no solo se trata de atacar a un país de Oriente Medio, sino que además tiende a agudizar un asunto entre bloques de poder y de potencias mundiales.
Para ilustrarlo, el bloque comandado por Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Australia, Israel, entre otros, y sus aliados contra el bloque rojo, liderado por Rusia, China, Irán, Corea del Norte, entre otros y sus aliados protegidos, entre ellos Siria.
Una característica de una gran potencia es la habilidad de intervenir militarmente en cualquier lugar del planeta. Las mayores potencias militares, fundamentadas en su gasto anual, armamento, y activos militares son: Estados Unidos, Rusia, China, Francia, España, Reino Unido, India, Japón, Alemania, Italia y Corea del Sur. Indudablemente existen algunas potencias que permanecerían neutrales, hasta una orden de intervención.
Hipotéticamente, un ataque a Siria, equivaldría inversamente que Rusia lanzara un ataque bélico sobre Israel, estado protegido de Estados Unidos, por la flagrante agresión a los derechos humanos contra el pueblo palestino. ¿Cuál sería entonces la actitud de Estados Unidos? Pero indistintamente de quién ataque a quién, ambos países crean la fórmula y detonante perfecto para un ataque entre potencias, dando como resultado un catastrófico mundo en ruinas.
La única ruta viable es la diplomacia; verificar en el espacio de las Naciones Unidas el ataque químico por parte del gobierno Sirio y su responsabilidad, tal como perspicazmente lo hizo Gran Bretaña, implicaría una intervención de Rusia en contra de este crimen y entonces habría un castigo para el régimen de Asad. El problema medular hoy es que solamente se conoce que se utilizó gas sarín en Damasco, pero no se ha podido legitimar quién es el responsable, si la oposición o el gobierno sirio, radicales, o alguien más.
Descartar la diplomacia sería el gran desacierto de Obama, por lo que se espera que el Congreso estadounidense vote hoy como lo hizo el Parlamento británico y Francia en contra del ataque, remitiéndolo al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, donde está pendiente la resolución.
Al final, aunque Siria parece un hecho aislado, solamente representa el destello que desencadenaría un estallido mundial. El Congreso de Estados Unidos tiene para hoy una tarea muy complicada y decisiva, aprobar o no el ataque a Siria, y mientras el ejecutivo está pensando en degradar la capacidad bélica del régimen de Asad, se espera que también esté consciente que si se aprueba su moción, estaría despertando los intereses de su antiguo similar antagónico en el mundo llamado Rusia y también a su mejor socio, China.