Por si hay un niño í­ndigo en su hogar


 Cuando mi nieto José Pablo comenzó a caminar y hablar, y más tarde, al superar los 2 años de edad, a mi familia y a mí­ personalmente nos llamó mucho la atención su forma de expresarse y de comportarse, y no encontrábamos explicación razonable hasta que obtuve el libro «Cómo convivir con un niño í­ndigo» de Ivonne Mencken.

Eduardo Villatoro
eduardo@villatoro.com

Por supuesto que en este espacio sólo intentaré dar a conocer someramente algunas de las peculiaridades del niño í­ndigo, porque es posible que en su familia haya un chico de esta nueva generación.

Estos niños son seres humanos más sensibles y gentiles que el resto de la gente y manifiestan a temprana edad que nacieron para fomentar el amor, la paz y estado natural de felicidad, y desde muy temprano manifiestan propósitos muy concretos en su existencia, como vivir con más intensidad; actúan bondadosamente y no toleran la crueldad sobre las criaturas irracionales; no soportan los actos violentos; no admiten coacciones ni amenazas; suelen dar respuestas muy puntuales y certeras cuando se les pretende manipular.

Emotiva, espiritual, intuitiva y aní­micamente son hipersensibles. Pueden presentar matices de hiperactividad o no darle demasiada atención a sus labores escolares, pero aprenden rápidamente, y cuando algo los motiva se concentran  intensamente en lo que hacen. Cuando se ven sujetos a imposiciones antojadizas se aí­slan en sí­ mismos o buscan amistad con otros niños semejantes a ellos, con los que pueden compartir sin complicaciones sus emociones y pensamientos. Cuando aceptan a alguien lo hacen plenamente, pero cuando sienten lo contrario no se molestan en demostrarlo, simplemente los ignoran.

Según la autora (quien es madre de un niño í­ndigo), estos chicos se destacan por su aguda sensibilidad y exigen honestidad, amor incondicional, tolerancia, claridad mental e integridad. Nacen en estado de equilibrio, pero la incomprensión de sus padres o de su entorno los desequilibran severamente, y es entonces cuando su naturaleza apacible se vuelve tormentosa.

Ser padres de niños í­ndigo plantea un desafí­o singular. Por un lado, hay que nutrirlos emocionalmente para que cultiven las energí­as que deberán desplegar durante los años venideros, y, por el otro, ayudarlos a desenvolverse en el seno de la sociedad, ya que la mayor parte de los factores en boga apuntan en direcciones opuestas al mensaje luminoso que ellos encarnan.

A pesar de sus virtudes, los í­ndigo pueden expresar mucha ira al sentirse abandonados y decepcionados cuando comprueban que el mundo que los rodea no se ajusta a la visión que los motiva. No alcanzan a entender intelectualmente muchas injusticias de la sociedad actual y no logran una percepción consciente de lo que sucede, especialmente al enterarse de la noticias por televisión.

Entonces comienzan a sentir que algo espantoso está ocurriendo (y no les falta razón, precisa la autora), y esa incomprensión los lleva a suponer que son ellos quienes están cometiendo alguna seria equivocación, creándoles mucha ansiedad. Los niños í­ndigo poseen una estructura psí­quica que los habilita para actuar en un mundo que sólo existe en el futuro, y de esa manera  en ellos anida una realidad que muchos adultos quisieran compartir, es decir, un mundo sin guerras, sin injusticias, sin miedos, sin antagonismos. Ellos están aquí­ para contribuir a lograr semejante realidad.

A medida que los niños í­ndigo crezcan, se independicen y sigan su camino en la vida, habrá que encarar otra realidad aún más compleja: las familias í­ndigo, porque el fenómeno í­ndigo -advierte Mencken- no es apenas el color del aura o como se quiera rotular a esos niños, sino que puede convertirse  a mediano plazo en una de las experiencias transformadoras más inauditas de todos los tiempos.

(Romualdo Tishudo sugiere a padres de familia interesados en el tema, que adquieran el libro citado, impreso por Deva´s, de Argentina).