En el grupo de delitos que más cometen están: los actos ilícitos contra la sociedad (traficante de drogas, la que roba, la que comete fraude, la peleonera); contra la familia (la infanticida y la que roba niños); contra el hombre (la autoviuda o sea la homicida) y las acciones que provocan o son resultado del hostigamiento contra la mujer (la prostituta, la suicida y la mujer ante el aborto provocado).
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Se ha venido repitiendo que no participan en cualquier tipo de delito; que su intervención se limita a aquellos hechos ilícitos que no implican violencia física, y en los que pueda utilizar su capacidad de seducción, sus actitudes maternales o lo aparentemente inofensiva que pueda presentarse en ciertas situaciones.
La conducta antisocial y delictiva de las mujeres delincuentes está guiada por una mezcla de sentimientos: los de injusticia familiar y social, los deseos de autoafirmación ante el hombre, los de reto a la autoridad y los de autoagresión. En otros casos será su timidez, su agresión reprimida, su aislamiento y el temor al abandono, lo que origina que obedezcan y se subordinen a un hombre o a una mujer para robar, involucrarse en el tráfico de drogas, cometer fraudes u otros delitos. La desesperación por la pobreza, el abandono o el trato agresivo de que son objeto, son factores comunes que propician los actos delictivos de una mujer.
Valdría la pena investigar en Guatemala si en comparación con los hombres, el escaso número de mujeres recluidas no se debe sólo a la menor frecuencia con que la mujer se ve involucrada en actos delictivos, sino también a que las autoridades que sancionan esos hechos delictivos en su mayoría son del sexo masculino, y tienden a ser condescendientes y tolerantes con los hechos ilícitos cometidos por una mujer. Así mismo, si las autoridades tienen mayor optimismo por la rehabilitación de la mujer que por la del hombre, como si dudaran de la eficacia de sus propias sentencias, y manifiestan una especie de convicción en el sentido de que el hombre no dejará de delinquir.
La forma en que el entorno social estructura la personalidad de la mujer y la manera habitual en que es inducida al delito, enfatizan la influencia de experiencias infantiles y adolescentes para explicar su comportamiento de adulta: y se concluye que las teorías examinadas no explican, de forma holista, el incremento de la criminalidad femenina.
No hay explicación de los mecanismos que las llevan a cometer conductas penalizadas. Se requiere una reflexión teórica que permita comprender la conducta ilícita de las mujeres, como violencia, inequidad, controles (formales e informales) y relaciones de poder en las que se ven envueltas. En síntesis, es necesario un enfoque multidisciplinario para abordar la complejidad del fenómeno analizado y para avanzar en el logro de la igualdad jurídica para hombres y mujeres.