Por qué cantamos


«Los ojos de los enterrados se cerrarán juntos el dí­a de la justicia, o no los cerrarán». Miguel íngel Asturias.

Lourdes ílvarez
usacconsultapopular@gmail.com

En nuestro Macondo, las cosas no parecen variar. En agenda mediática pasamos de la gripe que cambia de nombre, a un resumen con detalles e hipótesis tras el repentino deceso del rey del pop; para terminar quizá con una panorámica de esos lugares a donde usted puede ir a comprar y gastar hasta el último centavo de su bono 14. ¿Crisis, cuál crisis?

Advierto, las similitudes son a propósito: «-si no volvemos a dormir, mejor-, decí­a José Arcadio Buendí­a, de buen humor. -Así­ nos rendirá más la vida-. Pero la india les explicó que lo más temible de la enfermedad del insomnio no era la imposibilidad de dormir, pues el cuerpo no sentí­a cansancio alguno, sino su inexorable evolución hacia una manifestación más crí­tica: el olvido. Querí­a decir que cuando el enfermo se acostumbraba a su estado de vigilia, empezaban a borrarse de su memoria los recuerdos de la infancia, luego el nombre y la noción de las cosas, y por último la identidad de las personas y aun la conciencia de su propio ser, hasta hundirse en una especie de idiotez sin pasado».

En nuestro paí­s, las cosas se viven así­, olvidando. Pero, ¿cómo se construye sobre algo que se desconoce?, ¿cómo pedir que la página de la historia, simplemente se voltee? Y por cierto, ¿cómo pedir que se regrese a antiguas prácticas de terror?, como las propuestas por Giovanni Fratti, en un desagradable encuentro comentado por la periodista Marielos Monzón.

Las polí­ticas gubernamentales de guerra sucia contra la población guatemalteca, fueron de las peores registradas en América Latina. Acá se torturó, flageló y asesinó a miles de intelectuales, sindicalistas, campesinos, indí­genas, hombres, niños, mujeres y ancianos, todos bajo los puntos y comas que dictaba la Doctrina de Seguridad Nacional.

Lamentablemente, también es acá donde 200,000 ví­ctimas, entre muertos y desaparecidos, siguen sin cerrar los ojos, porque con toda impunidad acusados de genocidio se pasean por cargos públicos a su sabor y antojo, porque otros tantos incluso habitan en sus comunidades donde amenazan a la población, y porque quienes debieron iniciar procesos para el esclarecimiento de esos crí­menes, se enfermaron de la peste del insomnio.

En casos como Argentina, Chile y Uruguay, se ha dado persecución, juicio y encarcelamiento a los militares implicados, siguiendo una cadena de mando, desde los que ejecutaron las órdenes hasta quienes las dieron y planificaron. Claro, el mismo Gobierno junto a la población promueven el conocimiento de la historia, erradicando el olvido, con acciones afirmativas a favor de las ví­ctimas.

Cientos de veces se ha comentado que tratar este tema es cuestión de ideologí­as caducas, cuestión de resentimiento, de no querer avanzar o cuestión de pura cantaleta. Pero si usted se pregunta por qué aún cantamos, «cantamos porque el cruel no tiene nombre y en cambio tiene nombre su destino… cantamos porque los sobrevivientes y nuestros muertos quieren que cantemos. Cantamos porque el grito no es bastante y no es bastante el llanto ni la bronca. Cantamos porque creemos en la gente y porque venceremos la derrota. Cantamos porque el sol nos reconoce y porque el campo huele a primavera y porque en este tallo en aquel fruto cada pregunta tiene su respuesta. Cantamos porque llueve sobre el surco y somos militantes de la vida y porque no podemos ni queremos dejar que la canción se haga ceniza».