No cabe duda que la infancia produce una serie de imágenes que se recrean en el recuerdo de muchos años atrás. Lo increíble es cómo esas reminiscencias se mantienen tan frescas a pesar de su lejanía.
Es más esos recuerdos, cuando acuden a la mente, derivados de ciertos pasajes en la vida diaria, son tan inmediatos que incluso traen olor, color y sabor. Son prácticamente un libro vivo, pues recogen esos momentos con una rigurosidad minuciosa, como cuando uno va leyendo y enamorándose de la trama del libro e identificándose con uno o varios de los personajes y admirándose cómo ese montón de letras, ese enorme grupo de palabras, ese abigarrado conjunto de párrafos que presentan un orden lógico, una concatenación de hechos, un amarre de vidas, pasiones y personas y uno se convierte en uno más.
Justamente hace unas semanas regresé a la colonia de mi infancia, cuando por casualidad me encontré a un par de buenas amigas de aquellos años, quienes me comentaron que el domingo siguiente habría un evento para recaudar fondos para un viejo y querido amigo y cómplice –El Cuto-, a quien estaban a punto de hacer un trasplante, por lo que no dudé en asistir y así fue.
Más allá de platicar con el Cuto y entablar una retrospectiva de nuestras vidas, aquél me recordó incluso un hecho que mi memoria había olvidado, pero que para aquél tuvo un enorme significado, por el regalo y la fecha y ahí mismo retomé ese recuerdo soterrado en años de vida atrás. El reencuentro con personas que fueron parte de mi vida fue agradable, resultó un momento inolvidable por el cariño expresado mutuamente, no sólo con personas más jóvenes, sino platicar con aquellas mayores, a quienes conocí y frecuenté en aquellos años.
No fue fácil volver a identificar a muchos de los amigos y amigas, pues “apenas” habían transcurrido veinticinco años más o menos de haberme ido de la colonia. Muchos platicaron conmigo y en el discurrir de la plática trataba de identificarlos plenamente, a pesar que casi todos me saludaban con un cariñoso “Juanjo”. Las ubicaciones de casas y el reconocimiento de sus padres me permitió reconocerlos a casi todos, hoy todos son hombres y mujeres maduros.
En paralelo con la importancia de la reunión, en algunos momentos me puse a pensar en todas las cosas que pasaron ahí y me perdí en esos recovecos de la memoria. No puedo olvidar, por ejemplo, cuando con varios amigos nos íbamos a “barranquear”, que no era más que el placer por la aventura, por el retorno al campo, por encontrarse con animales poco vistos arriba, por el solo hecho de recorrer los ríos del barranco. Esto lo hacíamos regularmente, principalmente cuando se requería chirivisco para el día de la “quema del diablo”. Sentir las pisadas cuidadosas sobre brechas irregulares que serpenteaban hacia el fondo, las cuales corrían en paralelo con grama, plantas y malezas silvestres, que despedían un olor característico y acompañaban con su particular el ruido de nuestros pasos, resulta hoy inolvidable. De esa cuenta volver con muchos mozotes pegados en la ropa, el olor de aquellas flores amarillas “de muerto” o el aroma de la maleza en las narices, fuera del hedor característico de los ríos de aguas negras, son recuerdos imperecederos.
Las “chamuscas” de futbol en un terreno que estaba cerca de la iglesia original de la colonia es otro hecho que se viene pronto a la mente. Cuando no habíamos muchos para jugarlas, optábamos por los famosos “paritos”, en donde un par de piedras suplían los límites de la portería y cada uno “tiraba” tres veces, número que se replicaba para “porterear”. Esas tardes soleadas, ese sudor propio del correr y buscar anotar, se vienen de torrente y se recrean en la mente tan fácilmente. Y ni hablar cuando se daban las “chamuscas”.
Éramos un montón de patojos corriendo detrás de una pelota y cuando alguno tomaba la bola, todo el mundo gritaba, no sólo lo que tenía que hacer al poseedor temporal de la misma, sino además la pedía para proseguir en la búsqueda de la otra portería. Estas correrías terminaban cuando ya prácticamente no se miraba, pero todos seguíamos en el juego como si fuera el último. Y al grito del “último gol gana”, se dejaba el mejor esfuerzo, el postrer sudor, el último hálito de aliento para conseguir ese último gol y al final nadie se recordaba quien había ganado, era nada más lo agradable de ese imperdible momento.
Las celebraciones del 15 de septiembre, también son inolvidables. Recuerdo que se organizaba una carrera y se salía del Puente Belice para la colonia y toda la gente esperaba en la rotonda la llegada de los corredores, esto era alrededor de las 6 de la tarde y de ahí se organizaba un acto cívico en la misma rotonda, la cual contaba con un pedestal para la bandera y donde luego de palabras propias al acto, se izaba el pabellón nacional, para terminar en una pequeña fiesta en un salón que se encontraba a la par de la iglesia, ambos de madera y lámina. Ahí terminábamos los jóvenes disfrutando de bailar y con la energía de esos años, las fiestas se extendían hasta la madrugada, alegres y emotivos momentos.
La colonia tenía 320 casas, distribuidas en 16 manzanas y toda la colonia estaba rodeada de barrancos, lo cual permitía que en estos confines o límites de las diferentes manzanas, se propiciaran espacios de cierta soledad y oscuridad propios para las parejas. Ahí nos encontrábamos con la novia de aquellos años e incluso nos cruzábamos con amigos y amigas buscando esa intimidad y a veces había que buscar otros “escondites” porque los espacios ya estaban llenos. Solo mencionaré algunos de estos recovecos: uno en la esquina de la manzana 15, otros en el final de la manzana 14, otros en paralelo a la manzana 9, había otro cerca de la manzana 5 y muchos más. Incluso después del terremoto del 76, un par de casas quedaron muy dañadas por que las personas las abandonaron y resultaron otros espacios propios para las parejas. Ahí fui sujeto de una broma que todavía recordamos con amigos, a pesar que “ocurrió un fallo en la logística y en la exactitud del lugar” Quienes vivimos ahí, saben de qué estoy hablando.
El deporte fue un aspecto que me llenó profundamente. Luego del futbol, llegaron el voleibol y el básquetbol, pero en la colonia me dediqué completamente al segundo. La cancha de la colonia era pequeña, pero fue testigo de inolvidables mañanas de veintiunos, todos los sábados y domingos que únicamente eran interrumpidos por la lluvia. Esas asoleadas de diez a una de la tarde, todavía las recuerdo y añoro grandemente. A pesar que eran simples veintiunos nos juntamos un grupo de muy buenos amigos y además excelentes jugadores, por ello cada veintiuno se jugaba con enorme fuerza, acompañado de excelente técnica y una lucha permanente por ganar. Los partidos de mi equipo, “Los Cachorros”, en la colonia resultan un recuerdo tan vívido que todavía me siento en ese lugar entrenando con todos mis amigos, haciendo parrillas, corriendo alrededor de la cancha, haciendo triples o lanzando en dominada a la canasta.
Cuando retorné de este viaje por la nostalgia y el recuerdo, el evento continuaba y me quedé ahí disfrutando de ese reencuentro. Las palabras que me dijo Napo al llegar, se quedaron saltando en mi memoria: “Juanjo, volviendo a los orígenes, ¿verdad?
Cuántas bellas cosas, tan simples pero también tan profundas. Recortes de infancia y juventud que se hicieron recuerdos imborrables de toda una vida.