Cuando pienso en regresar permanentemente de nuevo a Guatemala, la felicidad me embarga. Mi familia, mis amigos, la comida que me gusta, las vistas que añoro, todo está ahí. Sin embargo, cuando leo los periódicos y me encuentro con las notas que relatan las cifras de violencia y más aún, cuando parte de esos números corresponden a niños, en este caso niñas, me da miedo.
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Es terrible tener que vivir así, sin saber qué pueda ocurrirnos en la esquina, peor aún, pensando en cada semáforo si alguien se aproximara y me hará algo a mí o a mi familia.
Es vergonzoso que en Guatemala ocurran hechos de violencia que sieguen la vida de niños y niñas, este tipo de hechos refleja claramente el tipo de sociedad que somos y el tipo de gobernantes que tenemos.
Cada año electoral escuchamos que esto no sucederá más, que por fin tendremos un Estado responsable por la vida de sus ciudadanos, que también lo son los niños y niñas -aunque muchos lo objeten- y al final ocurre todo lo contrario, las cifras de violencia aumentan. Mas niños y niñas mueren asesinados, viven violencia en sus hogares y en las escuelas, y muchos deben salir a las calles a trabajar, palabra que como he escrito otras veces no debería de existir cuando nos referimos a un infante.
Extraño tanto Guatemala, pero cuando veo a los niños correr libremente en los muchos parques que hay cerca de mi casa, cuando veo el respeto con que los adultos los tratan y les hablan resiento tanto lo que ocurre en mi país.
Lo peor quizá, es la pasividad con la que actuamos, el conformismo, la indiferencia y el egoísmo que tenemos, pues mientras no nos afecte, qué más da lo que suceda, qué importa ver las páginas de los diarios teñidas de rojo por tanta violencia.
Cuando ocurren estos hechos a personas de cierto nivel económico como a un Rosenberg o a un Siekavizza -aunque este último caso sigue sin resolverse-, las autoridades se mueven y la sociedad se conmociona, pero cuando una niña que nadie sabe quién es aparece sin vida en una banqueta, cuando un niño en una escuela rural muere a manos de un criminal o cuando un adolescente fallece todos volteamos la cara o declaramos a los padres que están metidos en algo turbio o al jovencito “marero”.
Por eso, cuando pienso en regresar a mi país, aunque tengo miedo, creo que debo hacerlo para buscar alguna forma de exigir respeto a la vida de los niños, una vida digna y un futuro sin violencia.