Por favor ¡No los dejen solos!


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Indudablemente que innumerables hechos ocurridos durante nuestra niñez se imprimen en nuestra memoria que se tornan imborrables a través de los años. Seguramente por ello es que cada vez que veo a un niño con algún llamado “juego” pirotécnico en sus manos vienen a mi mente las serias quemaduras sufridas por un amigo y compañero de aulas, mientras se encontraba participando de la cena navideña rodeado por su familia y todo, por haber guardado tales artículos dentro de la bolsa de su pantalón. ¡Cómo pasa el tiempo! Quien ahora es un prominente abogado y notario como asiduo lector de esta columna estará también recordando aquel aciago día.

Francisco Cáceres Barrios
fracaceres@lahora.com.gt


Desde entonces he dicho que está mal llamarle  “juegos” a esas cosas que no son más que peligrosos, dañinos y perjudiciales “fuegos” que debieran estar totalmente prohibidos para el uso de la niñez y que sin el acompañamiento de adultos jamás debieran llegar a sus manos. Por azares del destino o a lo mejor motivado por la misma impresión que les he contado, hace años tuve la oportunidad de prestar servicio comunitario para dotar de equipos, medicinas e instrumental a una entidad que todavía se dedica a tratar estos padecimientos causados por serias quemaduras, tan graves, que incluso llegan hasta amputar extremidades.

De ahí la expresión dicha en el titular de este comentario: por favor ¡No los dejen solos! No permita que los niños, mucho menos sus hijos o familiares pongan adentro de las bolsas de su ropa los cohetes, canchinflines (aunque se anuncien como artículos prohibidos) ni siquiera las famosas “estrellitas”, pues todos, sin excepción alguna son artículos pirotécnicos que al menor contacto, frote o reacción química pueden causar terribles daños.

Me asombra ver cada vez más a tantos padres de familia que están pasando tremendas penas para comprarles los libros y útiles de estudio a sus hijos, no digamos su actual incapacidad para pagar el valor de su inscripción en los establecimientos educativos, mientras se gastan durante las fiestas de fin de año cientos y hasta miles de quetzales en artículos que muy bien podrían ser la causa de fatales accidentes. En mis tiempos de patojo gastarnos veinticinco centavos en un paquete de cohetes me parecía un absurdo y total derroche, imagínense la impresión que tengo ahora al observar la ciudad capital de mi país a las doce de la noche navideña o del año nuevo en total y absoluta contaminación, como ver a tantos miles de niños cometiendo actos peligrosos sin la atención, asistencia y orientación debida de sus padres, porque quienes a lo mejor también por impresiones sufridas en su niñez, se distraen en sacar el niño que siempre han llevado dentro. Con un solo padre que atienda mi súplica de no dejar solos a sus hijos quemando el dinero que tanto les cuesta ganar, me sentiré satisfecho por haber escrito este comentario.