El recinto se encontraba lleno. Lleno a reventar. En él, solamente, excepto las autoridades que conformaban la mesa directiva, estaban presentes jóvenes representantes de todas las escuelas secundarias del país, quienes se congregan en la FEEM (Federación de Estudiantes de Educación Media). Del centro de la mesa directiva se escuchó la voz de una jovencita de no más de quince a dieciséis años: ¡Tiene la palabra el representante de Las Tunas!… y dio inicio un espectáculo del cual no tuve más remedio que sentir envidia.
Miles de jóvenes reunidos en el Congreso de su Federación, se reunían para discutir los problemas propios de su educación, de su visión acerca de futuro y especialmente acerca de la defensa de ese futuro, en función del pleno ejercicio de la soberanía nacional. Escuchar a esos jóvenes, hombres y mujeres, no es posible si no se reconoce previamente el éxito que representa su formación. La seriedad, la formalidad, el lenguaje usado, los temas a discusión, todo, completamente todo reflejaba la madurez con la que planteaban sus puntos de vista.
Cualquiera, en principio, consideraría que en todos los sectores y grupos, siempre existe uno, o varios líderes, quienes hacen uso de su facilidad de palabra, o su carisma personal, para destacar entre ellos. En este caso, cada una de las participaciones era la confirmación de que existe detrás de ella, la solidez de un sistema educativo que les permite ese crecimiento intelectual, político y social. Que detrás de esa madurez, existe todo un engranaje que ha permitido que la riqueza de su entorno, les proporcione esas condiciones. Condiciones que deben de empezar desde la formación en la más temprana edad.
Quise conocer un poco más y traté, con los límites propios del tiempo, visitar alguno de los centros en los que esa formación se inicia. Y pude acompañar a los centros en los que se cuidan a los niños de aquellas madres que deben acudir a sus lugares de trabajo. En él, el trato, el cuidado y el material didáctico que emplean, proporcionan a los pequeñitos el desarrollo temprano de sus capacidades. Desarrollo temprano, que le permita a la curiosidad natural encontrar los canales de la propia inclinación de sus facultades y orientación. La música, como vehículo extraordinario, aliado indiscutible e imprescindible de la educación y la formación del niño.
Luego quise, dentro de la misma limitante de tiempo, ver el siguiente nivel. Y tuve la oportunidad de estar presente en el aula en la que se preparaban un grupo de niños de nivel preprimario. Para principiar, el grupo no tenía más de quince alumnos. No pude más que recordar las aulas de nuestras escuelas en las que los maestros o maestras tienen que convertirse en gendarmes de 40, 50 ó 60 alumnos. La no existencia de colegios privados, permite que los niños de cualquier origen o cualquier etnia, interactúen sin las diferencias sociales que aquellos provocan. Morenos, canchitos o mulatos no tienen más diferencia que la que les marca su capacidad intelectual, fomentada en forma idéntica en cada uno de ellos. Un pañuelo de color azul que rodea su cuello, identifica su edad y su grado. Ese pañuelo recuerda a uno de los héroes de su historia nacional. La formación cívica va conformando en los niños el respeto a los símbolos nacionales que los identifican como país. A aquellas páginas de su historia que han ido conformando a la nación, como una nación libre. Como una nación soberana en un mundo en el que ella es constantemente atropellada por los poderes globalizados. Como una nación independiente, pero que comprende su relación con el resto del mundo.
Y allí, empecé a comprender con mayor claridad, las raíces de la enorme solidaridad humana que caracteriza a la sociedad cubana. Y me ayudó a comprender mejor, que es imposible pretender calificar a una nación como democrática, si no tiene la capacidad de desarrollar una cultura democrática. Si la formación educativa no tiene profundas raíces representadas en los valores y en los principios. Y comprendí el por qué de la madurez de los jóvenes que en el Palacio de las Convenciones, llevaban a cabo su Congreso. Comprendí por qué esa sociedad, tan vilipendiada en tantos lugares que la ven como un peligro para el mantenimiento de sus grandes diferencias e injusticias, ha podido alcanzar los niveles de educación que le permitan visualizar el mundo desde una perspectiva diferente.
Y tuve que despertar para poder volver, con amargura a la triste realidad de nuestra Guatemala. A la triste realidad de las exclusiones, de las diferencias, de la pobreza inducida y mantenida para garantizar los privilegios de aquellos que hacen posible la «democracia electoral», mediante la «inversión» de millones de quetzales. Y no pude más que pensar, mediante la odiosa comparación, a las actitudes, expresiones y formación de nuestros jóvenes de los distintos niveles educativos.
Y no tuve más opción que reconocer la razón que llevó al prócer José Martí a expresar: «La única manera de ser libre, es ser culto».