Poner de moda la literatura


 Frente a tanto fundamentalismo hay que poner de moda la literatura.  Frente a tanta ortodoxia hay que educar a la herejí­a.  No queda de otra, vivimos dí­as en los que se impone la inclinación del espí­ritu, esto es, a vivir anquilosados y de manera conservadora.  Nos da temor el futuro y nos aterra la diferencia.  El miedo nos condena al encierro. 

Eduardo Blandón

¿Por qué la literatura?  Porque tiene la potencia de destrabar los mecanismos secretos de nuestra mente.  Nos vuelve imaginativos, nos confronta con los otros.  Nos abre a ideas nuevas y hace que nuestro ego aprenda a degustar mejores vinos.  Tanta coloratura vuelve interesante lo que antes era sobrio y aburrido.  Le pone música a esa melodí­a monótona en la que nos solazábamos de manera ignorante.

No he conocido a uno sólo que la literatura lo haya momificado.  No se puede.  Las letras tienen esa magia de la que carecen los sermones y la prédica.  No es cierto que lo escuchado abra la mente, la sabidurí­a entra por los ojos, se degusta por la vista, es el acceso seguro al corazón.  Por eso, una nación que no lee es violenta, toma las cosas al pie de la letra y es incapaz de soñar.  Vive en la literalidad y se toma demasiado en serio. 

Quien no se acerca a la literatura es radical.  Siempre cree estar en la raí­z de las cosas, se apropia de ella y vive de los í­dolos.  El privado de fantasí­a quema la ficción, incendia textos y los declara malditos.  Para ellos hay un solo libro: su Biblia.  Los demás son supercherí­as, fanfarronerí­as, tiempo perdido.  Sujetos así­ son peligrosos por la severidad de sus juicios, por la falta de escrúpulos y por el designio que están dispuestos a cumplir en nombre de su Dios.

Poner de moda la herejí­a, significa aprender a pensar desde todos los ángulos.  Ser abiertos a la verdad del otro, a su opinión y perspectiva vital.  Significa no amoldarse al «cosi fan tutti», a lo que todos hacen, piensan y dicen.  Aprender a ser rebelde, a pensar diferente y perder el miedo a expresar la propia opinión.  A no claudicar por temor al qué dirán, iniciarse en la ruptura de í­dolos.

El hereje aprende a romper í­dolos y se solaza poniéndolos de cabeza.  Los vulgariza, se mofa de ellos y disfruta del culto y sus feligreses (sin ofenderlos).  Las celebraciones y los ritos al ser momificaciones y fijaciones tiesas del mundo eternamente en devenir, resultan incomprensibles.  El hereje implora el fuego, pero el purificador, desea el bautismo, pero ese que de verdad quita la mancha del mundo, el que limpia las perversiones originadas en los absolutismos.  También Dios se deja adorar en la multiplicidad y se regocija en el politeí­smo, el Creador tiene imaginación.

Queda claro, entonces, que el cambio en Guatemala no vendrá ni por la ví­a de la religión, ni por el protagonismo polí­tico.  La salvación del paí­s la instaurará la literatura.  Sólo las letras y su fantasí­a nos volverán versátiles, tolerantes y graciosos.  Digno de ser amados por los dioses.  No como ahora que somos sujetos tiesos, arrogantes, pervertidos y con escasa imaginación y sentido del humor.  Pongamos de moda la literatura y abandonemos ese libro que nos ha vuelto tan raros, conservadores y de mal gusto.

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