La célebre frase del emperador romano, Julio César: «Divide et vinces», significa: «Divide y vencerás». De hecho es la emblemática simbología mediante la cual al dividir las partes de un problema se hace más fácil encararlo y resolverlo. En la usanza militar es la selección de flancos para su abordaje a partir de las debilidades de éstos y con ello contar con más opciones para vencer al enemigo. En política ha tenido similares aplicaciones. Dividir para luego ablandar y hasta para desacreditar.
La reiteración de tal práctica ha devenido en una debilidad constante de las instituciones políticas, mermadas principalmente por ellas mismas. El resultado ha sido una casi inexistente institucionalidad de los partidos políticos. De tal suerte que nuestra democracia se ve obstruida desde sus principales actores y protagonistas: los políticos.
El Estado de Guatemala atraviesa por una peculiar y desorbitada crisis de presencia y, obviamente, también de capacidad de respuesta. Lo que inicialmente se tradujo como el resultado de políticas neoliberales reduccionistas del Estado, se transformó en una inoperancia y deficiencia estatal a la que al parecer lamentablemente nos hemos acostumbrando.
En materia de ejercicio político nacional, una de las posibles razones por la que no ha habido partido político alguno que repita en el favor del electorado y con ello implementar planes de largo plazo, más allá de los cuatro años del ejercicio de gobierno, tendrían su fundamento en la voracidad por la aplicación de la frase antes citada. En adición a los errores propios de los gobernantes de cada turno.
Y la reiteración del fenómeno provoca un desgaste en cuya trampa participan y tejen todos los protagonistas del escenario político. Los que ejercen el poder público o gobiernan, sus adversarios (que es lo «normal»), sus adláteres (o colaboradores) y lo paradójico, hasta los que son o dejaron de ser sus propios correligionarios y simpatizantes. Y la vuelta a repetir una y otra vez lo mismo a lo largo de todos los ciclos electorales de esto que llamamos nuestra era democrática. Ante tal representación del ejercicio de la política, las adiciones de nuevas personas, nuevos aires; eventualmente, nuevas prácticas es casi nula. De hecho el desencanto es generalizado.
Los últimos esfuerzos por concordar aunadamente los desafíos nacionales se encuentran engavetados en los archivos del olvido de las instituciones políticas que participaron en aquellos cónclaves. «La Agenda Nacional Compartida». El denominado «Plan Visión de País», son por mencionar los últimos ensayos por abandonar esta práctica que se ha caracterizado en un ejercicio de la política que pareciera que no necesariamente se fundamenta en la capacidad de diálogo y persuasión, sino en la imposición. De ahí la reacción a defenderse mediante el ataque. Mediante la desacreditación.
La tolerancia es por excelencia el respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias. Pero la tolerancia habría de estar fundamentada en un principio que debiera ser principal: el interés nacional. Toda la gama de interpretaciones que puedan derivarse de éste son valederas, son bienvenidas, son necesarias. De hecho, los guatemaltecos hemos sido demasiado tolerantes con este segmento que podríamos llamar «clase política». Pues no necesariamente sus discrepancias tienen como punto de partida el interés nacional.
Las debilidades del Estado de Guatemala se están acentuando. Nuestra propia crisis raya en lo consuetudinario y eso es lamentable pues en efecto estamos perdiendo la batalla por la consolidación democrática. Estamos perdiendo en la capacidad de enfrentar cualquier forma de controversia interna y las posibilidades que se entronen los poderes paralelos, con la delincuencia a la cabeza son cada vez más evidentes. Por ello, en esta aplicación de la política del «divide» los vencedores probablemente, de seguir las cosas como van, serán otros. Y nosotros perdemos.