Polí­tica: «Del divide y…» perdemos


La célebre frase del emperador romano, Julio César: «Divide et vinces», significa: «Divide y vencerás». De hecho es la emblemática simbologí­a mediante la cual al dividir las partes de un problema se hace más fácil encararlo y resolverlo. En la usanza militar es la selección de flancos para su abordaje a partir de las debilidades de éstos y con ello contar con más opciones para vencer al enemigo. En polí­tica ha tenido similares aplicaciones. Dividir para luego ablandar y hasta para desacreditar.

Walter del Cid

La reiteración de tal práctica ha devenido en una debilidad constante de las instituciones polí­ticas, mermadas principalmente por ellas mismas. El resultado ha sido una casi inexistente institucionalidad de los partidos polí­ticos. De tal suerte que nuestra democracia se ve obstruida desde sus principales actores y protagonistas: los polí­ticos.

El Estado de Guatemala atraviesa por una peculiar y desorbitada crisis de presencia y, obviamente, también de capacidad de respuesta. Lo que inicialmente se tradujo como el resultado de polí­ticas neoliberales reduccionistas del Estado, se transformó en una inoperancia y deficiencia estatal a la que al parecer lamentablemente nos hemos acostumbrando.

En materia de ejercicio polí­tico nacional, una de las posibles razones por la que no ha habido partido polí­tico alguno que repita en el favor del electorado y con ello implementar planes de largo plazo, más allá de los cuatro años del ejercicio de gobierno, tendrí­an su fundamento en la voracidad por la aplicación de la frase antes citada. En adición a los errores propios de los gobernantes de cada turno.

Y la reiteración del fenómeno provoca un desgaste en cuya trampa participan y tejen todos los protagonistas del escenario polí­tico. Los que ejercen el poder público o gobiernan, sus adversarios (que es lo «normal»), sus adláteres (o colaboradores) y lo paradójico, hasta los que son o dejaron de ser sus propios correligionarios y simpatizantes. Y la vuelta a repetir una y otra vez lo mismo a lo largo de todos los ciclos electorales de esto que llamamos nuestra era democrática. Ante tal representación del ejercicio de la polí­tica, las adiciones de nuevas personas, nuevos aires; eventualmente, nuevas prácticas es casi nula. De hecho el desencanto es generalizado.

Los últimos esfuerzos por concordar aunadamente los desafí­os nacionales se encuentran engavetados en los archivos del olvido de las instituciones polí­ticas que participaron en aquellos cónclaves. «La Agenda Nacional Compartida». El denominado «Plan Visión de Paí­s», son por mencionar los últimos ensayos por abandonar esta práctica que se ha caracterizado en un ejercicio de la polí­tica que pareciera que no necesariamente se fundamenta en la capacidad de diálogo y persuasión, sino en la imposición. De ahí­ la reacción a defenderse mediante el ataque. Mediante la desacreditación.

La tolerancia es por excelencia el respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias. Pero la tolerancia habrí­a de estar fundamentada en un principio que debiera ser principal: el interés nacional. Toda la gama de interpretaciones que puedan derivarse de éste son valederas, son bienvenidas, son necesarias. De hecho, los guatemaltecos hemos sido demasiado tolerantes con este segmento que podrí­amos llamar «clase polí­tica». Pues no necesariamente sus discrepancias tienen como punto de partida el interés nacional.

Las debilidades del Estado de Guatemala se están acentuando. Nuestra propia crisis raya en lo consuetudinario y eso es lamentable pues en efecto estamos perdiendo la batalla por la consolidación democrática. Estamos perdiendo en la capacidad de enfrentar cualquier forma de controversia interna y las posibilidades que se entronen los poderes paralelos, con la delincuencia a la cabeza son cada vez más evidentes. Por ello, en esta aplicación de la polí­tica del «divide» los vencedores probablemente, de seguir las cosas como van, serán otros. Y nosotros perdemos.