Polémico, hasta la muerte


Hugo Arce fue un escritor controversial; ayer murió dentro de un hotel de la ciudad capital.

Siempre dio de qué hablar. Su pluma desbordaba punzantes letras que eran capaces de lograr un eco en cualquier lector. Así­ era. No pasaba desapercibido desde ningún punto de vista. Hugo Alfredo Arce (1952-2008), columnista desde hací­a un cuarto de siglo, lograba siempre cautivar con la hondura de su sentimiento o generar escozor por sus crí­ticas. Tení­a tantos amigos como enemigos que veí­an en él una persona de mucho cuidado.

Redacción La Hora
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Quienes lo conocieron dan fe de su perfeccionismo y forma peculiar de hacer periodismo. Dejaba siempre su sello Arce en cada uno de sus escritos. Muchos de ellos fueron publicados en El Gráfico, La Razón, El Imparcial, Siglo Veintiuno, Revista Crónica, este vespertino y por último en la revista mensual ¿Y Qué?

El 20 de noviembre del 2003, Arce, llegó a la Procuradurí­a de los Derechos Humanos para denunciar a la Unidad Nacional de la Esperanza, porque Sandra Torres de Colom habrí­a pedido que se retirara su pluma de las páginas de opinión. Continuó publicando su aclamada columna a pesar de la inconformidad de la agrupación polí­tica.

Desde ese entonces se convirtió en el principal crí­tico de la pareja que hoy gobierna el paí­s. Tanto así­ que la Primera Dama inició un proceso en su contra debido a una columna que publicó en octubre del año pasado en una revista y un medio en Internet. Estaba por realizarse una audiencia en el Juzgado de Primera Instancia Penal.

Logró ocupar un espacio en el mundo periodí­stico guatemalteco. Otro más en la literatura, en donde deja un legado de escritos y libros que tuvieron buena aceptación tanto en Guatemala como en el extranjero. Entre ellos se publicaron Reunión de Cuentos (en colaboración con Marco Augusto Quiroa), Los Gatos, Alquimia I, Alquimia II, y Crónicas de Amor.

«Te quiero, Guatemala, sabiendo que en tus calles se muere y se mata y que es muy fácil no amanecer mañana», dijo hace algunos años. Ese dí­a, ese amanecer incierto, le tocó a él, en la habitación 815 del Ramada. Una pistola a su costado, su pecho rojo y con su inseparable boina negra. Dejó el mundo, el paí­s que sufrió y que siempre quiso en paz. Suicidio desesperado o una venganza premeditada. Las circunstancias aún se desconocen y serán las investigaciones las que desnuden las causas de su adiós tan peculiar como él mismo. Con una bala en el corazón.