«Si tienes una madre todavía,/ da gracias al Señor que te ama tanto,/ que no todo mortal contar podría/ dicha tan grande ni placer tan santo.» En la literatura universal el tema de la madre es uno de los más sobresalientes. Particularmente en la poesía encontramos un sinfín de inspiraciones ofrendadas a la madre. Las más frecuentes o tradicionales son las que describen a una madre tierna, dulce, amorosa y dedicada. Pero también, las hay orientadas a aquellas madres rígidas, vanas, superficiales y crueles. Los poemas dedicados a una madre reflejan la influencia profunda de este ser sobre la psique del poeta o la poeta, pues en ellos a veces, se dibujan los verdaderos sentimientos que hacia ella se han tenido desde la niñez. Sentimientos de amor, de alegría, pero también de tristeza, frustración, de soledad, o incomprensión, sin olvidar el protagonismo de este ser en la vida de todo ser humano, haya sido la madre sensible, sacrificada y generosa, o bien injusta y despiadada. Werner Ovalle López en su poema «Radiografía de una madre» escribe: «Esa homogénea densidad amada/ que rodea mi nombre y lo corona/ es mi madre, poetas./ Una raíz de amor creció en mis ojos/ y una vena de luz en mis sentidos./ Después fui prolongando mis arterias/ como un racimo de esperanza floreciendo en sus sueños./ Ella besó mi frente muchas veces/ acaso despertando la poesía./ Y, yo violento y firme desde entonces,/ hecho de sangre, tierra, maíz y democracia/ la sentí palpitar como una estrella.» El poeta francés Charles Baudelaire, autor de «Las flores del mal» en su poema «Bendición» expresa todo lo contrario: «Y su odio absorbe así el espumarajo,/ mientras, sin comprender los eternos designios,/ ella misma dispone en la honda Gehena/ la hoguera que castiga los maternales crímenes.» Alfredo Espino en los versos titulados «Las manos de mi madre», no pone en duda la sobreprotección, el instinto maternal: «Manos las de mi madre, tan acariciadoras,/ tan de seda, tan de ella, blancas y bienhechoras/ Sólo ellas son las santas, sólo ellas son las que aman, / las que todo prodigan y nada me reclaman/ las que por aliviarme de dudas y querellas,/ me sacan las espinas y se las clavan ellas.» La poeta Carmen Matute, académica laureada, y destacada representante de la literatura hispanoamericana, en su poemario «Ecos de casa vacía» relata líricamente la continua angustia que siente por su madre: «Abre la puerta, madre./ Soy yo. Perdida de ti./ Lejana de ti./ Vengo a que leas en mi pecho/ las palabras de amor/ que te escribo por las noches.» Y sigue su lamento en el tercer poema: «Escucha./ Quiero explicarte/ la confusa tristeza,/ los delirios lentos,/ el miedo de este/ largo, sencillo,/ testimonio de mi vida./ Quiero contarte de una niña/ Que ni siquiera tuvo nombre./ Acércate, madre, / a oír una historia/ que aún no comprendes.» El poema quinto es conmovedor y doloroso: «Hay días en que llueves, madre,/ con esa lluvia tuya/ que te hace parecer/ una ciudad eternamente triste./ Y llueves tibia, suave, inútil y piadosa,/ sobre las desgarradas alas/ que regalaste a tu niña.» Y para finalizar comparto con ustedes el poema «Vientre eterno», que escribí a la Naturaleza, madre de todos los seres humanos: «Sea el universo/ travesía cósmica/ útero infinito/ vientre eterno/ burbuja de paisajes/ espirales ascendentes/ en el despertar de los astros./ Muda, ciega/ inconsciente/ intuyendo un tiempo/ sin dueño/ -no mío-/ vivo dentro del vientre eterno./ Triste, huraña/ sin pasado ni futuro/ sin creencia y apenas existencia/ arrullada en el punto central/ me gesto en el vientre eterno./ Taciturna, débil/ flotando sin destino/ crisol, tormenta/ agua pacífica/ pálida y volátil/ soy dentro del vientre eterno./ Nacarada conciencia/ vibraciones de perlas cayendo/ siento el alma/ respiro/ y el viento me habla…/ tiempo inmedible/ supremo/ vientre eterno/ sea el infinito, sea el universo.»