Desde la comida chatarra que consumen nuestros niños y adolescentes en los colegios y escuelas públicas, hasta los platos del día de los comedores y restaurantes, pasando por el pan nuestro de cada día y las comidas rápidas como los ya famosos shucos, las pizzas y las hamburguesas, toda esta comida hecha con los materiales de más baja calidad y en condiciones higiénicas lamentables por escasas, constituye la dieta alimenticia diaria de la mayoría de guatemaltecos citadinos y de buena cantidad de compatriotas que viven en las cabeceras municipales. De quienes habitan en fincas, aldeas o caseríos, nada diré, pues sus posibilidades alimentarias son aún más precarias.
Lo que quiero decir es que, por lo que se ve, existe poco o nulo control en relación a lo que los guatemaltecos comemos a diario. Por ejemplo, existen en el mercado cierto tipo de frituras con todo y bolsa sellada y marca, cuyos componentes, a la larga, pueden producir trastornos en el organismo; embutidos cuyo sabor y color han sido alterados artificialmente; refrescos embotellados y enlatados que pueden producir gastritis y cálculos renales; no digamos los altos niveles de contaminación de la fruta ya pelada que es ofrecida en las calles, sin ningún permiso ni control sanitario Hay, inclusive, colegios y empresas que ofrecen a sus estudiantes y trabajadores, respectivamente, toda esta clase de comida chatarra como almuerzo casi obligado, coadyuvando con dicha actitud, a la deformación física de sus alumnos o trabajadores y a la deformación del sentido del gusto y de la cultura gastronómica, fuente primordial del buen gusto y del buen juicio en el comer y en el beber.
La alimentación, de por sí, es necesidad fisiológica pero también es cultura. Por tal razón el contenido y la forma de alimentarse incide directamente en los hábitos, en las formas de vida y, por supuesto, en la productividad de un país. ¿Qué podremos esperar del nuestro, si no controlamos y mejoramos la forma de alimentarnos? Los recursos que un guatemalteco invierte en comprar comida chatarra, muy bien podría invertirlos en otro tipo de alimentación más sana. Lo que incide, en todo caso, es la propaganda y no la educación.