Las remesas familiares son ahora la columna vertebral de la economía guatemalteca y cualquier cambio que se produzca en ese rubro tendrá efectos sensibles en el país. Si Estados Unidos aumenta la persecución contra los inmigrantes y sigue deportando a los chapines, iremos viendo disminuir el flujo, mientras que si nuestro país continúa exportando a sus trabajadores al forzarlos por la falta de oportunidades, seguramente que nuestra economía seguirá creciendo al influjo del dinero que mandan quienes se parten el alma trabajando en el Norte desempeñando labores que no son del agrado de los nativos de la gran potencia.
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Hace unos cuantos años no se veía a ningún guatemalteco en el oeste de Florida, pero esa situación ha cambiado radicalmente en los últimos tiempos. Tras el huracán Wilma, casi todos los trabajadores que fueron contratados por las empresas que repararon los techos de los edificios y de las viviendas eran guatemaltecos originarios de Huehuetenango y sus empleadores reconocían la excelencia de su trabajo, la responsabilidad y dedicación. Poco a poco los distintos restaurantes del suroeste de Florida se fueron llenando de trabajadores guatemaltecos.
Algunos amigos dueños de restaurantes me han ido presentando a sus trabajadores guatemaltecos y todos coinciden en que son callados, dedicados y responsables. Nunca me he metido a preguntarles por la situación migratoria ni a los empleadores ni a los trabajadores y no puedo decir cuántos tienen sus papeles en regla aunque sí he platicado con varios sobre sus vínculos con la familia que quedó en Guatemala y sobre sus condiciones de vida. Y una de las cuestiones que llama la atención es cómo poco a poco han ido reuniendo al núcleo familiar y ahora viven juntos. Muchachos que salieron del altiplano guatemalteco aún antes de cumplir la mayoría de edad, ahora tienen a sus hermanos trabajando con ellos o en negocios de la misma rama, lo que les permite compartir sus experiencias. Este fin de año en Marco Island me encontré con el mayor número de guatemaltecos porque me atrevo a decir que es muy raro el restaurante que no tiene alguno trabajando. Aun en aquellos a donde era primera vez que llegaba, solía preguntar a los meseros si había algún guatemalteco trabajando allí y al poco tiempo salía alguien de la cocina para presentarse.
Pero encontré algunos denominadores comunes y acaso uno de los más marcados es que la mayoría ha ido atrayendo al resto de la familia hacia los Estados Unidos y que están perdiendo el vínculo con Guatemala. Uno de ellos me decía que solía enviar mensualmente dinero, pero que sus padres murieron el año pasado y que dejó de hacerlo. Le pregunté si pensaba volver algún día a Guatemala y me contestó ese enigmático y tan chapín: «Tal vez, pero no creo».
¿Qué pasará con Guatemala el día en que se revierta la tendencia de las remesas y en vez de ir en constante y próspero aumento vaya a la baja porque los trabajadores que viven allá necesitan más su dinero para sobrevivir en una economía que tiene serios problemas? No digamos lo que pase cuando se vaya perdiendo el arraigo, cuando los padres vayan muriendo y los hermanos también se vayan a vivir con ellos. Como dice el Evangelio, entonces será el llanto y el crujir de dientes.