Disculpen mi intromisión en asuntos ajenos a estas tierras guatemaltecas, pero -haciendo eco al nombre de esta columna- a mí me sigue pareciendo raro todo este asunto de Honduras.
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Y es que quisiera hablar sin necesidad de caer en la confrontación, porque ya sé que quienes simpatizan con Zelaya, defenderán su postura, al igual que quienes están de acuerdo con su separación del cargo, y no hay poder humano, mucho menos razonamiento, para hacerlo cambiar -sí, a usted, lector- de postura.
Como decía, a mí aún me parece raro todo esto, porque sin saber ni cómo, ni cuándo, ni por dónde, Manuel Zelaya «apareció» en la Embajada de Brasil en Tegucigalpa. Cuando la confiable cadena TeleSur lo daba por hecho, el presidente de facto, Roberto Micheletti, aseguraba que Mel no estaba y que no estará, mientras que otros funcionarios indicaban que si estaba, sería apresado.
Y como me imagino que la teletransportación de Mel Zelaya no será revelada con detalles, tiendo a pensar que todo esto se estará convirtiendo en breve en un «Plan Arias», es decir, en el Acuerdo de San José mediado por el presidente costarricense, pero solapado.
Aun la semana pasada, Micheletti aún mantenía su postura, pese a que la comunidad internacional mantenía amenazas, sobre todo de embargos económicos; pero el presidente de facto hubiese querido llegar a transferir el poder al futuro ganador de las elecciones, y ¡sanseacabó!; la oligarquía hondureña hubiese ganado, al no permitir que alguien les quitara cuotas de poder.
Sin embargo, todo parece haber cambiado cuando Estados Unidos empezó a presionar, al retirar visas y ayudas económicas, e incluso denegar el acceso a sus tierras al mismísimo presidente hondureño. Ahí, la situación ya cambiaba. Y, así, sin más ni más, aparece Zelaya, casualmente en la semana de la Asamblea General de la ONU.
Sí, porque habrá que recordar que esas aburridas asambleas -en donde los mandatarios maquillan la situación de su país y sus logros-, se han tornado candentes, cuando Hugo Chávez, Lula, Evo Morales o Cristina Kirchner ofrecen sus discursos, y no querríamos saber qué hubieran pedido contra el gobierno de facto. Sobre todo, también, con un discurso de un sensato Barack Obama, que también podría volcar una sanción realmente fuerte contra nuestros hermanos centroamericanos.
Pero no, quizá no haya necesidad, siempre y cuando Micheletti y Zelaya tengan que dialogar por la fuerza, y aceptar una amnistía, mientras Mel termina su período, ya sin poder hacer nada por su pueblo, y entregar el poder al candidato ganador de las elecciones -no importa cuál-, porque, por lo visto, nadie estaba dispuesto a recibir un país con embargos comerciales.
Esta situación, claro está, pone en un callejón sin salida a Zelaya y a Micheletti, porque ya no hay muchas opciones, sobre todo para este último. Así que, a aceptar un Plan Arias solapado, y Mel acrecienta esa aura de prócer, pero sin poder hacer algo con ello, y Micheletti mantiene su imagen ante la derecha hondureña.
Dan ganas de decir que en Honduras falló la intervención internacional, que Micheletti estaba conduciendo al país a ser una Myanmar centroamericana, y que Estados Unidos ya no nos asusta con el petate del embargo comercial. Pero la verdad no debe de ser ésa. Al menos, soy demasiado paranoico para creerme los teatrinos políticos.
Lamentablemente, para los catrachos -los de de veras, los de a pie, los que sufren y esperan que todo cambie- la situación continuará igual. La oligarquía mantendrá sus cuotas de poder y su Constitución reaccionaria continuará incólume (es decir, sin permitir reelecciones ni nada que se le parezca a la Venezuela chavista).
Pobres catrachos. Seguramente verán la ascensión de un nuevo presidente a principios del próximo año, sin esperanzas de cambio y cada vez más polarizados, como si alguna de las dos opciones los ayudaría a salir de la violencia y la pobreza que sufren. Disculpen mi divagación en asuntos foráneos, aunque quizá la situación no sea tan diferente en Guatemala. (http://diarioparanoico.blogspot.com)