Please, ¡go home!


Unos soldados estadounidenses en Irak.

«Â¡Cuánto más rápido se vayan las tropas estadounidenses, mejor será!», dice Zahra con una bolsa de frutas y legumbres en la mano mientras vuelve de uno de los mercados más populares de Bagdad, ciudad que desea deshacerse cuanto antes de la presencia norteamericana.


Para esta enérgica mujer de unos 60 años, el anuncio hecho ayer por Estados Unidos de un esbozo de calendario de retirada de sus tropas en Irak no calma su cólera contra el «invasor».

«Los estadounidenses sólo nos trajeron desdicha. Sólo queremos una cosa: ¡que se vayan!», reitera desde detrás del velo negro que cubre por completo su rostro.

«Ya no tenemos agua, luz, gas ni tampoco suficiente dinero para comprar la comida para la ’iftar’», añade en referencia a la cena que rompe el ayuno diurno durante el mes del ramadán.

Para Zahra y el resto de la mayorí­a chií­ta iraquí­, ese mes sagrado empieza el jueves y la mujer teme que sea «el peor ramadán» hasta ahora vivido.

En su comparecencia del lunes ante el Congreso de Washington, el comandante de las fuerzas estadounidenses en Irak, el general David Petraeus, recomendó una primera disminución de efectivos de las tropas norteamericanas, de 168.000 a 130.000 hombres en diez meses.

Unos 2.000 marines deben abandonar Irak en septiembre, 4.000 soldados antes de diciembre y los 32.000 militares restantes antes de julio de 2008, según Petraeus, cuya recomendación debe ser avalada por el presidente George W. Bush.

Además, el general debe proponer en marzo de 2008 nuevas reducciones de efectivos.

Zahra, que comparte con 15 miembros de su familia la pequeña casa de su marido jubilado, confiesa haber aprendido a soportar las privaciones de la guerra a malas penas.

«Bagdad era un lugar un poco más seguro antes pero ahora ya no», explica la mujer, al recordar el secuestro de un vecino de su barrio hace pocos dí­as por hombres sin identificar.

Pese al «éxito» proclamado por el ejército estadounidense y el gobierno iraquí­, «la inseguridad se agravó» en el barrio del centro de Bagdad donde vive Alí­ Karrim, un obrero desempleado de 27 años que no se atreve a buscar trabajo.

«Los estadounidenses atravesaron el mundo para invadir Irak. ¿Creen que fue para darnos seguridad? Me gustarí­a que se fuesen. Nos destruyeron», añade un desmoralizado Alí­.

«Sus pretendidos éxitos son, ante todo, éxitos en su interés», recalca Shaker Mahmood, para quien los estadounidenses «sólo están aquí­ para saquear las riquezas de Irak».

«Los norteamericanos nunca vinieron a Irak por el bien de los iraquí­es», acusa Mahmood, que se dedica a los negocios.

Montado en su bicicleta, un adolescente de 15 años opina categóricamente que los estadounidenses «se deben ir».

«Es por su culpa por lo que nos falta todo», dice Mohammed Hussein al explicar que desde hace una hora recorre la ciudad con su bicicleta en busca de aceite para cocinar.

«Antes se encontraba sin problema cinco litros de aceite y ahora, en cambio, se halla uno, y con dificultad», añade el joven antes de proseguir su búsqueda.

Los precios de los alimentos de base están por las nubes. Un saco de harina triplicó su precio en un año y el arroz está a precio de oro.

«El ramadán será duro para todo el mundo este año. Aún hace mucho calor, no tenemos luz y no podemos permitirnos dulces en la iftar «, se lamenta Um Ali, una mujer de 36 años embarazada de su quinto hijo.

«Nos acostumbramos al sufrimiento pero si sabemos que los estadounidenses empezarán a irse, eso nos da un poco de esperanza», sonrí­e con ilusión.