El temor irracional a los inmigrantes se ha apoderado de numerosos países, como si se tratara de una deliberada e incomprensible plaga de xenofobia que afecta a millones de seres humanos en todo el planeta.
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Acostumbrados como estamos al ardiente conservadurismo del presidente norteamericano George W. Bush, ya no nos extraña su extremista política antiinmigrante, aunque perjudique a decenas de miles de hogares guatemaltecos; pero sí asombra que hasta las cultas naciones de Europa han adoptado disposiciones en conjunto, por medio del Parlamento Europeo, que hacen recordar la falsa supremacía racial de la Alemania nazi de Adolfo Hitler.
Como si se tratara de los más racistas estados del sur de los USA, los países europeos aprobaron una rígida legislación que permite mantener detenidos a los inmigrantes indocumentados hasta por 27 meses antes de su deportación, incluyendo a originarios de América Latina, cuyas naciones han dado alberge y refugio a millones de europeos cuando lo han necesitado.
Por supuesto que Europa tiene derecho de mantener fuera de sus fronteras a personas indeseables, especialmente a extremistas musulmanes, pero no es prudente ni civilizado que recurriera a acciones contraproducentes y de dudosa legitimidad, al meter en el mismo canasto a latinoamericanos que han llegado al viejo continente en búsqueda de una vida mejor y no a colocar bombas ni atentar contra políticos u organizaciones.
En su paranoia colectiva, el Parlamento Europeo no tomó en consideración que, según la Comisión Europea, esas naciones necesitarán entre 50 millones y 110 millones de inmigrantes en el próximo medio siglo, para compensar el envejecimiento progresivo de la población continental. Después de años de exportar mano de obra hacia el oeste europeo, Polonia, Ucrania, Bulgaria y las repúblicas del Báltico deben traerla ahora afuera de Europa, para enfrentar su decadencia demográfica. De lo contrario, si no aceptan la inmigración regulada, no podrán alcanzar los niveles de vida de los demás miembros de la Unión Europea.
Sin embargo, no sólo Estados Unidos y Europa han desatado esa generalizada xenofobia, sino que países afectados por la política antiinmigrante norteamericana también proceden con parecida actitud racista. Tal el caso de México. Transitar por esa nación es, para la mayoría de los inmigrantes centro y sudamericanos, vivir un infierno de robos, extorsiones, amenazas y vejaciones, según palabras de el analista mexicano Diego Cevallos. «Aquí -puntualiza- dejan de ser personas y pasan a ser una mercancía».
En México, policías, agentes de migración y personas civiles se ensañan contra los originarios de Centro y Suramérica, hasta llegar al extremo de violar a niñas de 13 a 15 años de edad.
La no gubernamental Comisión Nacional de Derechos Humanos, de México, calcula que las redes de tráfico de personas se disputan cada año en ese país un mercado de medio millón de inmigrantes latinoamericanos. Se trata de un negocio millonario, puesto que cada inmigrante paga entre 4 mil y 15 mil dólares por el viaje.
Pero en Centroamérica también ocurre ese fenómeno de xenofobia. En Costa Rica miran con desprecio a los miles de nicaragí¼enses que llegan desesperados en busca de trabajo, porque la tez de los nicas es ligeramente más oscura que la de los ticos, que siempre han mostrado aires de superioridad sobre el resto de centroamericanos.
¿Y qué decir de Argentina? -se pregunta retóricamente el periodista Luis ílvarez de la agencia IPS-. Allí, donde la mayoría de sus habitantes son tan blancos como los europeos, los pobres bolivianos, que son la esencia de nuestras raíces indígenas, son considerados como una lacra.
Pareciera ser que el hombre no ha tenido cambios reales durante los últimos siglos, y no comprende que en los cuerpos de caucásicos, latinos, negros y asiáticos late por igual un corazón y corre la misma sangre roja -sentencia ílvarez.
(Un argentino le pregunta a Romualdo Gí¼ité si sabe qué país está más cerca del Cielo. Mi paisano, para congraciarse con el sudamericano y para que no lo tome por ignorante, responde: -Muy sencillo, es Argentina. Pero el originario de Buenos Aires le rebate diciéndole: -¡No, che, es Uruguay! ¿No ves que está pegado a la Argentina?).