Piraterí­a florece en Somalia


Una foto de archivo de una lancha pirata manipulada por somalí­es, pero que se escuda tras una bandera beliceña.

Los piratas que toman al abordaje los barcos extranjeros en el golfo de Adén exhiben una salud financiera rayana en la insolencia y practican con arte la redistribución de los rescates, en una Somalia abandonada a su suerte, sumergida en la desesperación y el hambre.


Abdi Garad, que dice ser el jefe de uno de los principales grupos de piratas que surcan las aguas de esta ruta marí­tima, crucial para el comercio mundial, describe sin remordimientos lo mucho que ha mejorado la piraterí­a su nivel de vida.

«Disfrutamos de la vida gracias al dinero de los rescates», explica sin rodeos desde un lugar secreto de la región semiautónoma de Puntland, en el norte de Somalia.

Abdi Garad se enorgullece de poseer un cómodo apartamento, dos todoterrenos, tres teléfonos móviles y uno ví­a satélite y un ordenador portátil. Por si fuera poco, tomó otras dos esposas que conviven con la primera, a quien conoció al comienzo de su carrera de pirata.

De hecho los habitantes de Garowe (Puntland) contaron que habí­an aumentado de forma espectacular las bodas suntuosas desde que proliferan los secuestros de naví­os.

Según la Oficina Marí­tima Internacional (OMI), hubo al menos 24 ataques de piratas en aguas somalí­es en el primer semestre de 2008.

Los expertos estiman que la piraterí­a ha generado hasta 30 millones de dólares de ingresos en lo que va de 2008.

«Es sólo un negocio para nosotros (…), una profesión. Recorro el océano desde hace tiempo, no para pescar sino para apresar barcos en nuestras aguas territoriales, que nadie vigila salvo nosotros», aseguró.

«Defendemos nuestras aguas de los extranjeros que vierten en ellas sus desechos tóxicos y saquean nuestros recursos (…). Un dí­a deberí­amos ser recompensados por nuestros esfuerzos», estima el pirata.

Aunque pocos pueblos costeros de Puntland consideran a los piratas como guardacostas benévolos que actúan por el bien común, respetan a estos nuevos hacendados y su dinero.

«Tienen mucho dinero y pueden comprarlo todo sin reparar en gastos», justifica Mohammed Abdi Dige, un comerciante del principal puerto de Puntland, Bosasso.

«Les damos material, medicamentos, comida, fuel y ropa cuando parten a cazar naví­os y una vez que han cobrado el rescate nos pagan», agrega.

Según Bile Mohamoud Qabowsade, uno de los asesores del presidente de Puntland, los piratas consiguieron tejer una red informal que les proporciona apoyo logí­stico y polí­tico en tierra firme.

«Mucha gente quiere a los piratas por su bolsillo. Tienen dinero y lo distribuyen entre sus parientes y amigos. Este dinero pasa por muchas manos, por lo que obtienen de vuelta apoyo en el seno de la comunidad», confirma.

Jama Ahmed, otro pirata instalado en Harardhere, afirma que los piratas cobran «indemnizaciones» a los barcos extranjeros, motivo por el que luego reparten el botí­n entre la población.

En algunas zonas de Puntland, la noticia del regreso de los piratas se extiende como un reguero de pólvora.

Los piratas suelen dirigirse a restaurantes o hoteles caros para festejar su hazaña mascando jat, una plan euforizante.

Este alarde de riqueza suscita vocaciones, a veces inesperadas. Y es que varios profesores de Bosasso dejaron las aulas para ser «contratados» por los piratas como intérpretes y ganar así­ en unos dí­as el equivalente a su salario anual.

Las aguas de Somalia, paí­s del cuerno de ífrica sin poder central desde hace más de 17 años, son consideradas las más peligrosas del mundo.