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El Grupo de Apoyo Mutuo ha calificado esta profesión como una de las más peligrosas en el país: cada semana se reporta como mínimo tres ataques a buses.
Las extorsiones, las amenazas y el hostigamiento persisten, y por si fuera poco, los delincuentes han subido de tono a sus exigencias. Se han armado con explosivos y presionan con lanzarlos a las camionetas. Una granada ya fue lanzada el pasado sábado en el predio de la empresa La Unión, ubicado en la zona 5, y resultaron heridas al menos doce personas.
En este ambiente nadie se salva. Si bien los pilotos son la presa inmediata, los usuarios no se escapan de la situación. Cuando un conductor o ayudante es asesinado, como una medida de presión y repudio sus colegas suspenden el servicio durante varias horas dejando en aprietos a quienes deben transportarse.
Los números teñidos de rojo no dejan de incrementarse. Hasta ayer se contaban 139 muertos, un poco más de la mitad, 78, han sido pilotos. En el resto de la estadística entran ayudantes, usuarios, y la gota que derramó la indignación: el bebé Anthony Josué Rosales Rodríguez, de dos meses de edad, convirtiéndose en la víctima mortal más joven.
Pero más allá de los muertos, vivir bajo la sombra de la violencia ha transformado la vida de decenas de personas. Las viudas y huérfanos intentan organizarse para reclamar un alto al fuego. Las exigencias se transforman en un grito desesperado.
También están aquellos pilotos que han salido, no ilesos, más bien con evidencias físicas de haberle visto la cara fría a la muerte. Todos ellos, hoy tienen una historia que contar en las vísperas de la conmemoración del Santo a quien le piden clemencia para levantarse, al fin, un día y no sentir que es el último de sus vidas.
UN VALOR INEXPLICABLE
Olga Marina Larios González es una mujer de aspecto joven, madre de dos niños, uno de 13 y otra de 8 años y con un enorme deseo de sacar adelante a sus pequeños a través de su trabajo -servicios domésticos-. Su rostro no esconde la tristeza y depresión. Su esposo, un piloto que manejaba un bus de la Ruta 75, fue asesinado a tiros el pasado 27 de marzo.
Sus ojos se ciegan de lágrimas. Hablar de lo que ha sido su vida esos cuatro meses sin su esposo no es nada fácil: un profundo dolor hace que su corazón palpite agitadamente. «Pero hay que hacerlo», se dice respirando hondo. Ver el desamparo de sus hijos ha hecho nacer dentro de ella un valor sobrehumano.
«Mi esposo era un hombre honrado y trabajador», recuerda. Sin embargo, desde su ausencia ha tenido que redoblar sus esfuerzos. Lava y plancha todo cuanto puede para conseguir los recursos suficientes y evitar que sus hijos sufran el vacío que unas balas dejaron en su hogar.
Su amuleto ahora es una fotografía que guarda entre los recortes de prensa donde reportan el asesinato de su esposo como «un crimen más». En el cuadro aparece un hombre, satisfecho de su trabajo, posando con el autobús que conducía.
Durante el tiempo conversado no se dejaron ver sus ojos claros. Las lágrimas son su única compañía en esas noches desde que ya no ve a su esposo atravesar, cansado, la puerta de su humilde vivienda en Tierra Nueva.
Ella es una de las viudas que se reúnen periódicamente para coincidir su repudio y reclamar un alto a esta ola de violencia, que ha sido como ella, ha transformado su vida en un abrir y cerrar de ojos.
NO HAY UNA PRí“XIMA VEZ
Una prótesis fue instalada en su mano derecha, con ella intenta recuperar la movilidad que unas balas le arrebataron. Es la secuela física con la que Norberto Santos, de 37 años, ha tenido que convivir desde el 20 de junio, día fatídico en su carrera como piloto de autobús.
Fue un sábado, recuerda, la camioneta la conducía a escasas cuadras del Centro Comercial La Florida. Eran las seis de la tarde. Por el retrovisor logró ver a su atacante que viajaba como pasajero que se levantó de su asiento, con sangre fría, sacó una pistola y le acertó tres disparos. ¡Pum, pum, pum! Después un silencio. Norberto, solo recuerda que se cubrió con los brazos, pero los proyectiles alcanzaron su mandíbula y su mano derecha.
Desde entonces debe utilizar una prótesis en la parte de su mano, pues las balas destruyeron algunos huesos. Platica lento y pausado. La herida en el rostro le provocó problemas en el habla. No reconoció a quien intentó asesinarlo, y no le interesa saberlo, las únicas respuestas que necesita son cómo sacará adelante a sus dos hijos adolescentes de 17 y 12 años.
Norberto ya no es el mismo. Pasa las horas reposando en la cama de su humilde vivienda, esperando la llegada de sus hijos que asisten a la escuela. Se siente inútil. Aún así reconoce la solidaridad de sus colegas, quienes han reunido una pequeña ayuda económica para costearse los análisis médicos y ayudar en los recursos del hogar.
Espera recuperarse pronto y buscar empleo. Algo le ha quedado claro, no volverá a ponerse detrás del volante de ninguna camioneta. «Si esta vez no me morí, a la próxima no la cuento», concluye.
EDGAR RAFAEL ORTIZ VILLAFUERTE
Esta semana inició mal para í‰dgar Ortiz. El lunes un delincuente intentó matarlo cuando manejaba una extraurbana que iba hacia Jutiapa.
«Era un jovencito -relata-, tenía aspecto de pandillero y se subió en La Terminal como un pasajero más. Cuando iba por el Bulevar Los Próceres y 22 avenida de la zona 10, el muchacho se paró y me dijo «aquí me quedo» «, recuerda í‰dgar.
En ese momento, sospechó que algo malo ocurría. El pasajero sacó una pistola con intenciones de matarlo. í‰dgar se armó de valor, luchó con su asesino. Forcejearon hasta que el sicario disparó al aire. Uno de los disparos le quitó la vida a una mujer de 75 años e hirió a un hombre de 27.
í‰l conversó con esta reportera tan solo unos minutos después del hecho. Aún estaba invadido por el nerviosismo y la frustración por ver morir a una de sus pasajeras. El delincuente huyó en una motocicleta junto a otro individuo que lo esperaba cerca del lugar.
La experiencia le obligó a repensar su vida. «Ya no trabajaré como piloto», confesó. Regresará al campo y sobrevivirá sembrando milpa. Quizá no reúna el dinero que le dejaba conducir el autobús extraurbano, pero albergará la seguridad de no dejar, en cualquier momento, sola a su familia.
JORGE FRANCISCO CHOY ESTEBAN
Una bala fue suficiente para que Jorge Francisco Choy Esteban quedara inmovilizado. Tiene 23 años y tres hijos, desde hace un año ve pasar los días postrado en una silla de ruedas, impotente por no darle a su familia lo que él quisiera.
Fue la noche del 28 de julio del año pasado. Viajaba por el bulevar principal de San Rafael de la zona 18, cuando un hombre abordó la unidad y le disparó. De las tres balas que escupió esa pistola, una le acertó en la médula espinal dejándolo sin poder caminar.
Eran las 19:15 horas. Junto a sus compañeros preparaban el torneo de futbol para conmemorar el Día de San Cristóbal. «Hacíamos torneos para celebrar con los demás compañeros. Yo participaba en ellos. Todo era alegre», cuenta Francisco en su casa.
Se siente impotente. Depende de la gente incluso para acostarse y cambiarse. Recuerda que previo a ese día, su vida transcurría con mucha actividad. «Trabajaba, incluso, doble turno para suplir las necesidades económicas», agrega. Hoy ve a sus hijos de 5, 3 y dos meses de edad, y se lamenta no darles lo que se merecen.
Suspendió las terapias porque no pudo costearlas. Solo de taxi diario pagaba Q100 para llevarlo al Hospital San Juan de Dios. Esto, más los insumos médicos que necesitaba le hacían imposible continuar con la asistencia médica.
Su mirada se pierde cuando se le pregunta sobre su futuro. «Ojalá y esas personas que hacen estas cosas supieran lo que nos arrebatan», concluye mientras posan para la fotografía.