Pilares del estado de Derecho (II)


Para que la libertad se concrete es indispensable la existencia de dos clases fundamentales de derechos: los individuales y los polí­ticos. Ambos se correlacionan directamente, porque para ejercer unos debe gozarse de los otros, que a la postre vienen a ser garantí­a de permanencia de los primeros. Es a través del ejercicio de los derechos polí­ticos en que la democracia se hace presente, no exclusivamente, pero sí­ con una importancia fundamental.

Lic. Mario Roberto Guerra Roldán

De lo anterior se deduce incuestionablemente, que la democracia tiene dos aspectos básicos para su existencia y realización. Me refiero a la representatividad y a la participación; pilares estos que han valorado y han exaltado el concepto de democracia, al grado de tenerla como una de las formas más completas para la convivencia humana, dentro de un despliegue de la actividad polí­tica. Podemos afirmar, sin lugar a dudas, que sin la participación no hay una verdadera democracia.

Pero no la participación individualmente considerada, que se agota en el acto electoral, por el que el pueblo designa a sus administradores o gobernantes, y que cumplido tal acto se resigna a marginarse y que la élite que eligió para ocupar la cúpula del poder, lo haga con una exigua minorí­a, porque entonces deviene lo que un autor denominó «una abstracta y vací­a soberaní­a popular».

No se trata solamente de elegir a un grupo. Para que la participación sea efectiva y, como consecuencia, lo sea también la democracia, debe ser de todos. Los problemas, las necesidades humanas básicas no son de un grupo, sino de toda la sociedad, de todo el pueblo. Lo contrario serí­a desnaturalizar la esencia misma del Estado, serí­a negar la democracia, ya que ésta es una forma de convivencia en la que todos deben participar, sin privilegios o distingos, en los problemas de la colectividad, para resolverlos y alcanzar un total y completo desarrollo.

Pero esta participación debe tener un sustento ético. La clave está en conciliar ética y polí­ticamente los intereses del individuo y los intereses de la comunidad. Tanto el interés individual como los intereses colectivos deben estar bien definidos, pero para lograr el bienestar común, la paz social, dentro de un desarrollo sostenido y permanente, deben, asimismo, conjugarse y converger sujetándose unos a otros, porque la nación está constituida por todos y, por consiguiente, todos deben participar conjuntamente para resolver los problemas de todos, y, repito, con un soporte moral.