Pienso que fue un hombre muy bueno


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El fallecimiento de Su Eminencia Monseñor Rodolfo Cardenal Quezada Toruño, Arzobispo Emérito de la Arquidiócesis de Santiago de Guatemala me llenó de mucha tristeza y consternación al igual que a la gran mayoría de la población. Fue un hombre muy bueno, de quien gozamos de su sonrisa a flor de labios, su ironía incomparable, sarcasmo, como también del buen humor que siempre lo distinguió con su especial manera de ser.

Francisco Cáceres Barrios
fracaceres@lahora.com.gt


Guardo en mi memoria la figura distinguida del Cardenal, quien por su altura caminaba entre los últimos de la fila, semanalmente con los seminaristas que iban por la 10ª. avenida rumbo al Potrero Corona (hoy Ciudad Nueva, zona 2) para ir a practicar futbol, cuando su sede quedaba en la esquina de la misma avenida y 1ª.calle de la zona 1.

El Cardenal Quezada se distinguió por su firmeza de carácter al llevar siempre la verdad por delante aunque doliera. Pero ello nunca fue obstáculo para demostrar su gentileza, su don de gente y sobre todo su bondad cuando de hacer el bien se trataba sin esperar nada a cambio. Resulta imborrable para mí el recuerdo de sus palabras de apoyo y solidaridad expresadas por el fallecimiento de mi hija Irma Consuelo cuando ofició una misa por su eterno descanso en la capilla del Palacio Arzobispal y cuando a primera hora de la mañana de un triste domingo llegaba a la funeraria para orar por mi esposa Irma Angélica. Gestos que a cualquiera lo hacen grande, más a un sacerdote y mucho más a un humilde, pero sincero Cardenal querido por todos.

Miren pues como son las cosas en la vida, no voy a recordar a Monseñor Quezada como el gran conciliador que fue, tampoco presidiendo entidades, asesor, dirigente, emprendedor, amante del arte, de las letras y de la historia, sino porque nunca terminaré de agradecer sus destellos de gran humanista y de amor a su patria, como la intensa e infatigable lucha por preservar aquellos bellísimos altares de Capuchinas o de la Catedral Metropolitana, no digamos el hermoso e invaluable museo de la 8ª. calle y 7ª. avenida del Centro Histórico por el que tanto soñó y que finalmente pudo ver coronados sus esfuerzos gracias al aporte de colaboradores desinteresados conducidos por la siempre entusiasta dama Ana María Urruela de Quezada, esposa de su hermano Fernando, a quienes en compañía de su apreciable familia les ruego aceptar un fraternal abrazo solidario en su pesar, con el ruego de encontrar en Dios Nuestro Señor el merecido refugio a su dolor en la resignación cristiana.

    Efectivamente, estoy triste y nuestro pueblo seguramente también lo está por la partida de nuestro querido Cardenal Quezada, pero también nos debe llenar de gozo pensar que ya descansa merecidamente en brazos del Creador con la satisfacción del deber cumplido y por haber sido siempre ¡Un hombre muy bueno!