En la cómoda sombra de lo oculto han permanecido verdades lacerantes y sorprendentes de la forma, el método y las causas sobre las cuales el sombrío interés particular, se ha sobrepuesto a la causa colectiva y a lo que fuere, ley, Estado de derecho, Constitución, instituciones, etc. El acuerdo político informal siempre ha prevalecido y lo demás ha sido ficción democrática. El costo en vidas de guatemaltecos ya equipara o supera a las pérdidas humanas ocurridas durante la guerra interna y lo que antes fue violencia política hoy se llama violencia criminal, es más propio llamarla violencia política criminal. Antes las víctimas fueron los pobres, los indígenas, las mujeres, los campesinos, hoy siguen siendo los mismos y se incluyen niños y ancianos. Antes fue tierra arrasada que luego se transformó en limpieza social, los victimarios de ayer recrean los métodos en el hoy. La interacción social y política entre los «poderosos» de este país se pervirtió a tal punto, que su propio sistema de valores morales que es doble, empezó a colársele el agua, y como un techo viejo, sus tejas empiezan a caer y a revelar el infierno que hay dentro de la casa de la locura.
Alguien dijo que: «antes estábamos peor» en alusión a las condiciones exacerbadas de los años ochentas y setentas, pero la adjetivación mejor o peor sólo tiene utilidad para calmar la angustia ante una realidad que parece desbordante; limita la oportunidad de enfocar con finura para descubrir las intenciones y las relaciones de poder en la dinámica social, política y económica. Bajo esta orientación, durante las tres décadas de guerra el interés del capital originario de la élite agroexportadora, veía amenazada su propiedad por el fantasma del comunismo, para lo cual el ejército guardián de sus bienes, cumplió su misión. Ganada la guerra, la oligarquía de rancio abolengo aseguró su extensión de riqueza y dominio, escenario que permitió la implementación de las nuevas reglas democráticas con todo y sus instituciones. La dimensión de la democracia empezaba así su desarrollo bajo la tutela siempre del poder de la élite, incluso el Estado creció como una ficción que ha sido realidad sólo bajo los parámetros y antojos de aquellos intereses. Más adelante un nuevo ajuste político se hacía necesario para asegurar de una vez por todas, las condiciones para la explotación total de la riqueza, fue cuando se suscribió la paz. Jamás tuvo oportunidad el Estado guatemalteco de desarrollar los Acuerdos, pues sus taras eran de diseño institucional. A partir de allí la sociedad civil empezó su luchita por el tipo de muebles, puertas, tal o cual color en la pared, dejando de lado la verdadera discusión sobre la arquitectura institucional, sobre el tipo de Estado que se requiere para este país.
La pulsión de riqueza se desbordó y el capital tradicional empezó a relacionarse con el capital emergente, entre los dos iba y venía el capital transnacional del narco, el tráfico de armas y de contrabando, todas actividades de gran escala. La cooptación del Estado y de sus instituciones se hizo inminente y fue entonces cuando la perversión empezó a desatar demonios y la doble moral quedó expuesta. Figueroas, Giammatteis, Sotos, etcéteras, formarán parte de la lista de los que pagarán los excesos de sus patronos. Para este momento no quedó mecanismo institucional confiable y hubo que llamar a la fiscalía internacional para ayudar a limpiar el reguero. Finalmente, la sociedad civil le lava la cara al sistema haciendo el trabajo de reclamar estado de derecho, leyes punitivas, transparencia, etc, para tratar de recobrar el daño de la hipócrita impostura.