La visita a Japón del presidente de Perú, Alan García, sella la reconciliación definitiva entre los dos países, enfrentados durante años por la impunidad de la que gozaba en Tokio el ex presidente Alberto Fujimori, hoy encarcelado en el país andino y casi olvidado en la otra orilla del Pacífico.
García efectuará del 16 al 19 de marzo la primera visita oficial a Japón de un presidente peruano en casi nueve años. La última fue realizada por el propio Fujimori en 1999, un año antes de que volviera a Tokio, en calidad de fugitivo y después de que se desplomara su gobierno en medio de un escándalo de corrupción.
Perú es el primer país de América Latina con el que Japón estableció relaciones diplomáticas en 1873 y el primero en recibir a inmigrantes japoneses. Más de 80 mil peruanos tienen antepasados japoneses y actualmente hay registrados en Japón unos 54 mil peruanos, que forman una de las comunidades extranjeras más numerosas del archipiélago.
Pero la antigua relación entre Lima y Tokio sufrió una crisis durante cinco años debido al empeño del gobierno japonés de no entregar a Fujimori a la justicia peruana, que lo acusaba de corrupción y de crímenes de lesa humanidad.
Por ser hijo de japoneses, Fujimori goza de la doble nacionalidad japonesa y peruana. Tokio siempre usó esta excusa para no autorizar su extradición, a pesar de que la ley japonesa prohíbe tajantemente a un adulto tener dos nacionalidades.
Finalmente, fue una maniobra del propio Fujimori la que permitió que la relación entre Lima y Tokio pudiera normalizarse. En noviembre de 2005, el ex mandatario abandonó por sorpresa el confortable hotel de Tokio donde residía y se trasladó a Chile. Fue detenido y extraditado a Perú dos años mas tarde.
La razón por la cual Fujimori salió de Japón y se metió directamente en la boca del lobo sigue siendo un misterio. Algunos ven en su comportamiento el resultado de un desastroso cálculo político. Otros barajan la hipótesis de que Japón, amenazado por un recurso ante la Corte Internacional de Justicia por parte de Perú, empujara discretamente hacia la puerta de salida a su protegido.
«Fujimori veía que su arrastre político se estaba acabando en Japón. Ya no era glorificado, ya no lo celebraban como antes. Estaba perdiendo su lustre. Quizás eso también lo empujó a salir de aquí», explicó Miguel Díaz, un consultor basado en Tokio y especializado en América Latina.
La popularidad de Fujimori en Japón terminó en 1997 con el asalto a la residencia del embajador japonés en Lima. La operación del ejército peruano, en la que murieron los 14 secuestradores del Movimiento Revolucionario Tupac Amaru (MRTA), permitió rescatar a 72 rehenes tras cuatro meses de sitio.
Acostumbrados a tener dirigentes políticos débiles y efímeros, los japoneses «quizás proyectaron en Fujimori su deseo de un líder fuerte», explica Díaz, un antiguo analista de la CIA norteamericana.
«El rescate de los rehenes en Perú fue para los televidentes japoneses un momento extático y heroico: nunca se había visto a un japonés en los tiempos modernos desempeñando un papel tan contundente», agrega.
Pero tras su huida a Tokio, el ex mandatario vio cómo su celebridad se desvanecía poco a poco en el país asiático hasta caer casi en el olvido. En sus últimos años de autoexilio sólo era elogiado por un reducido grupo de admiradores, muchos de ellos pertenecientes a organizaciones ultranacionalistas.
El desinterés de los japoneses quedó patente cuando, ya bajo arresto domiciliario en Chile, Fujimori intentó lograr un escaño de senador en Tokio en las elecciones de julio del 2007 con el apoyo del Nuevo Partido del Pueblo, una minúscula formación conservadora.
El insólito intento electoral acabó en un rotundo fracaso para el ex presidente, que apenas logró 51.000 votos en un país de 127 millones de habitantes. Desde entonces, la página en japonés que los partidarios de Fujimori colgaron en Internet ha desaparecido de la red.
«La etapa Fujimori se está cerrando en Japón más rápido que en Perú», concluyó Díaz.