En el parque central de San Juan Chamelco se yergue la escultura de don Juan de Matalbatz. Atinadamente su autor, Galeotti Torres, lo representó con actitud digna, pero no beligerante; a diferencia de las imágenes de Tecún Umán (y otros caciques) la de Matalbatz no tiene lanza ni gesto de ataque. Y es que don Juan no se distinguió por hazañas militares aunque en una primera fase fue indomable. Se distingue más bien en una segunda fase, como un extraordinario estadista que dio correcta lectura a su realidad y tuvo una sabia proyección hacia el futuro.
Los conquistadores españoles entraron por el suroccidente, por donde actualmente es Malacatán, Coatepeque, Retalhuleu y subieron al altiplano por San Francisco Zapotitlán. Conquistaron el corazón del reino quiché en los llanos de Quetzaltenango y luego avanzaron hacia lo que hoy es el centro de la república donde también sometieron a los kachiqueles. Durante los primeros años de la conquista el dominio español se desarrollaba precisamente en esas zonas. Una vez asentados en el valle de Almolonga (Ciudad Vieja) enviaron expediciones militares hacia el norte pero encontraron muy fuerte resistencia. Se conoció como Tezulutlán, “tierra de guerra” (bajo el mando de Matalbatz). Ante el reiterado fracaso de las armas los padres dominicos, entre ellos Fray Bartolomé de las Casas, se ofrecieron para conquistar la región por medios pacíficos. Así arribaron a la región los primeros frailes y pronto establecieron contacto con el cacique de caciques: Aj Pop Batz. En 1543 entablaron pláticas y acordaron una interesante alianza.
A pesar de la resistencia de algunos de sus principales Aj Pop Batz aceptó convertirse al cristianismo y así tomó el nombre de Juan de Matalbatz. Pero Juan demostró ser pragmático y buen negociador que logró celebrar varios acuerdos políticos que resultaron beneficiosos para su pueblo.
Dos años después, en 1545, don Juan y varios miembros de su corte fueron invitados, nada más ni nada menos que por su Cesárea Majestad, el monarca más poderoso de la tierra en cuyos territorios no se ponía el sol, don Carlos V. Acaso fue el único rey o gobernante de todas Las Indias de toda la época colonial que tuvo tal privilegio. ¡Qué interesante habría sido presenciar la reunión entre esos dos reyes! entre otros regalos don Juan le agasajó con 2,000 plumas de quetzal. A su vez el rey obsequió a don Juan con dos campanas de bronce, una de ellas se extravió en el camino y la otra cuelga en la torre de la actual iglesia de Chamelco. Quedó tan complacido el Emperador con los relatos de Tezulutlán que ordenó que “su ciudad” en América estuviera en esa región y desde entonces se consagró la Ciudad Imperial de Cobán.
No cabe duda que Matalbatz fue un gran negociador que logró ventajas impensables. En las llamadas Capitulaciones de Tezulutlán, se estableció que la región solo podía ser sometida por medios pacíficos y el sometimiento de los nativos tenía que ser voluntario; Matalbatz mantendría control sobre el pueblo y el título de rey o gobernador de una región prácticamente autónoma que solamente respondería ante la Corona (eso disgustó a los criollos que quisieron dominarla por las armas pero fueron rechazados). Se mantuvo la propiedad comunal de la tierra y no se permitió el odioso sistema de encomiendas, asimismo se les reconoció el derecho de aplicar la justicia aún contra infractores españoles (inconcebible); tampoco se permitieron por un tiempo los asentamientos españoles. La alianza quedó sellada con el cambio de nombre, ya no sería zona de guerra, se llamaría La Vera Paz. Desde entonces ha sido una región relativamente aislada con características muy propias.