Persisten riesgos de un baño de sangre


Simpatí­an. En todo el mundo, la protesta de los monjes budistas ha tomado revuelo. (AFP / La Hora)

Las manifestaciones contra la junta militar birmana deberí­an proseguir pese a la represión policial y es posible que continúe corriendo la sangre, consideraban el jueves los expertos.


Mientras la «vieja guardia» del aparato militar, recluida en su nueva capital de Naypyidaw (400 km al norte de Rangún), reine con mano de hierro en el paí­s, no habrá que esperar ningún tipo de concesiones, agregan.

La jornada del jueves debí­a poner en evidencia la voluntad de los manifestantes después de que el miércoles el régimen recurriese a acciones de intimidación para dispersar las protestas e hubiese detenido a cientos de opositores.

Las manifestaciones «van a crecer», predecí­a Win Min, analista birmano y militante pro democrático refugiado en Tailandia desde la violenta represión de una primera revuelta popular en 1988.

En su opinión, la violencia de que fueron objeto los monjes budistas -dos murieron apaleados y un tercero por un disparo el miércoles- servirí­a para atizar el fuego. Los religiosos pacifistas son muy respetados en Birmania.

«Disparar contra los monjes equivale a conjurar a las fuerzas del infierno», aseguró Win Min. Este exiliado recuerda que en 1988, «pese a tres dí­as de disparos, la gente seguí­a en las calles» manifestando.

Incluso si algunos manifestantes fueron alcanzados por los disparos de advertencia -una cuarta persona murió el miércoles por impacto de bala- las fuerzas de seguridad privilegiaron las cargas con porras y los gases lacrimógenos.

Esto hace pensar a los observadores en un «cierto control» en comparación a 1988, cuando las fuerzas del orden mataron a cientos de manifestantes en pocas horas.

Según un diplomático experto en Birmania, que ha trabajado mucho años en el sureste asiático, dos hipótesis son posibles.

La «más verosí­mil» es la de una toma de control violenta por parte del ejército, como ya ha sucedido en varias ocasiones en el pasado (en 1962 con el general Ne Win, en 1967 durante las manifestaciones contra China, en 1974 por los funerales del ex secretario general de la ONU, el birmano U Thant).

«El desarrollo es siempre el mismo, primero se dejan las calles a los manifestantes y después se interviene por la fuerza, una vez que todo el mundo ha sido identificado», explica a la AFP este diplomático.

«Mientras tanto, Pekí­n divierte al público con sus declaraciones pacificadoras destinadas principalmente a los occidentales (un año antes de los juegos olí­mpicos), al tiempo que proporciona armas y municiones a la junta», agrega.

«En cuanto a la reacción de la población birmana, si la represión no es tan grave como esperábamos, parece verosí­mil que las manifestaciones continúen e incluso crezcan», añade.

En cuanto a la segunda hipótesis, la de una caí­da de los generales en el poder desde hace 45 años, serí­a necesaria, en su opinión, «la unión de un movimiento de protesta y de fracturas internas entre los moderados y la vieja guardia».

«Sin embargo, estas fracturas son imposibles de vislumbrar mientras el régimen siga siendo opaco», precisa.

También David Mathieson, experto en Birmania de la ONG Human Rights Watch, piensa que la junta birmana ha seguido una estrategia «siniestra» consistente en dejar, durante varios dí­as, a los manifestantes salir a la luz mientras recoge información sobre sus identidades y sus contactos.

«No hay que desestimar el nivel de brutalidad» del ejército birmano, declaró a la AFP. «Es una institución especializada en la violencia contra los civiles», agrega.