Lóbrego y penetrante sonido, apoderado ya del espacio capitalino. En términos de pluralidad, pero de condición persistente en áreas consideradas de extremo peligro, conforme la tipología de analistas del ramo. Es una sumatoria que se añade a tantos problemas causantes por supuesto, en el entendido de complicarse la situación a manos llenas, en el acto.
Por habitar a la vera de calzada Las Victorias, punto obligado de conexión con populosas zonas 6, 17 y 18; también la ruta al Atlántico, escuchamos con persistencia día y noche, equivalente a luces y sombras el ulular de sirenas. Provenientes de las ambulancias o radiopatrullas de la PNC y pertenecientes a las beneméritas instituciones bomberiles, en su orden.
Contrario al argumento de que el hecho de escucharlas cotidianamente nos acostumbra, no convence, tampoco convengo en tal afirmación, cuyos belenes dependen de reacciones diversas, ante dicho estímulo a las neuronas cerebrales. Siempre constituye una alarma, chispazo en demasía al tenso ambiente característico de la otrora capital, hoy sobrepasado en demasía.
Habrase visto esta circunstancia endosada hasta la debida bonificación, a la penosa sucesión interminable de actos sorpresivos. Resultado inequívoco de la dominante delincuencia y violencia fatal que nos mantiene de rodillas y deja una cauda ingrata de víctimas mortales que deviene asimismo en luto, lágrimas, orfandad y dolor como desintegración familiar.
El permanente ulular de sirenas abiertas por completo representa sobresaltos macabros a su paso, por cuanto acuden dichas unidades a prestar servicios relativos a emergencias. Iniciar sin duda alguna las diligencias de rigor y llevar pronto a nosocomios a heridos y con traumas múltiples a los afectados, a fin de tener el debido tratamiento que ameritan.
Tanto el ensanchamiento desaforado de nuestra urbe, imposible de omitir, y las actitudes delincuenciales de abundantes «lanas» que acotaba don José Milla y Vidaurre, influyen sobremanera en el crecimiento en mención. Más que mera curiosidad, genera ese ulular el morbo compulsivo de las personas proclives a que desistan de tranquilizarse, ni algo parecido.
La cultura de la muerte nos viene orillando tiempo considerable atrás a sacar a luz a veces el otro yo de las personas. Respecto a especulaciones vinculadas con los tenebrosos lamparones violentos y delincuenciales en incremento vertiginoso, ante los ojos de la población mayoritaria de niños y jóvenes, cuyas retinas se ven ensombrecidas lastimosamente.
Por regla general el impacto emocional causado por este sonido agudo de las sirenas, algunas veces más atronador ocurre entre semana. Y como toda regla tiene excepción, nos damos cuenta que aun los domingos dista de detenerse tan inicua ola arrolladora encendiendo indicadores que las cosas caminan mal, mucho mal, carentes de apagarse.
En tal sentido concedemos el beneficio de la duda a planes y proyectos destinados a campañas de prevención del crimen y delincuencia posesiva.
Es obvio que las raíces están demasiado profundas y multiplicadas en extremo, lo que exige tomar medidas drásticas lo más pronto posible, tal magnitud del caso pernicioso, sin que les tiemble la mano.
Los peros de inmediato salen a flote, sin que sea el final del túnel súper ampliados a ojos vista. El hecho de adoptar medidas extremas como la pena de muerte y derivados, léase ley antimaras, son cuestionadas frontalmente, a la velocidad de la luz, por Derechos Humanos, ni visos siquiera de duda alguna. Es la piedra en el zapato, que no hace mutis.
Si las ambulancias de los cuerpos bomberiles hacen al instante, truene o relampaguee, acto de presencia en disposición de servicio social, amerita entonces una retribución. Concretamente debería sin remilgos ampliarse su presupuesto exiguo en favor del reconocimiento general que la población le rinde, en calidad de testimonio a su incansable labor.