La Sexta Cumbre de Las Américas, auspiciada por la Organización de Estados Americanos, se celebrará durante los días 14 y 15 del presente mes, en Cartagena, ciudad caribeña de Colombia. Participarán casi todos los jefes de Estado o jefes de Gobierno del continente americano.
La lista de tópicos que los gobernantes tratarán no incluye oficialmente, por lo menos de manera de preliminar, uno de los más grandes problemas actuales de América: la producción, el comercio y el consumo de drogas. No lo incluye, aunque países de América del Sur son importantes productores mundiales de drogas, y aunque Estados Unidos de América es el más importante mercado mundial de consumo, y aunque México y países de América Central son sedes importantes del comercio internacional de drogas. Y Guatemala, por su posición geográfica, ha adquirido una extraordinaria importancia como sede de ese comercio. Hasta podemos afirmar que el narcotráfico ha aprovechado más esa posición geográfica, que el mismo comercio internacional de bienes lícitos.
La estrategia tradicional para combatir el narcotráfico ha sido la “guerra contra las drogas”. En América Latina, esa “guerra” ha obligado a consumir recursos públicos que podrían ser dedicados a mejorar la calidad de vida de los ciudadanos. Ha fatigado la administración oficial de justicia. Ha fomentado la ocupación de cárceles hasta el hacinamiento. Ha contribuido a corromper la administración pública. Ha expandido la intromisión del gobierno en la vida privada de los ciudadanos. Y ha causado el incremento de la delincuencia conexa con la clandestinidad impuesta por la misma criminalización incondicional de la producción, el comercio y el consumo de drogas. Empero, no ha logrado reducir la producción, el comercio o el consumo de cualquier droga declarada ilícita, o ilegal, o prohibida, o penalizable. Ha sido, entonces, una “guerra” tan costosísima como inutilísima. Ha sido, en suma, un fracaso.
Precisamente porque la tradicional “guerra contra las drogas” ha sido un fracaso, el presidente de Guatemala, Otto Pérez Molina, ha propuesto que haya un mercado legalmente regulado de la producción, el comercio y el consumo de drogas, del mismo modo que hay un mercado legalmente regulado de la producción, el comercio y el consumo de alcohol y tabaco. Y ha exhortado a fomentar la deliberación intergubernamental sobre el modo más idóneo de consumar esa regulación. La propuesta implica “despenalizar”; pero no totalmente, sino parcialmente.
Es improbable que, como ya el mismo presidente Pérez Molina ha sospechado, sus propuestas puedan ser objeto de algún decoroso debate en la Sexta Cumbre de Las América, y menos aún objeto de aprobación. Es improbable porque es un cónclave auspiciado por la Organización de Estados Americanos, que es una institución hemisférica creada para servir al interés del gobierno de Estados Unidos de América; gobierno que precisamente se opone a la propuesta del presidente Pérez Molina, y que quizá ha dictado la lista de tópicos que deben ser tratados. O es improbable ese debate o esa aprobación porque la mayoría de los jefes de Estado de los países que pertenecen a aquella organización son edecanes de Washington, primordialmente interesados en el beneficio político y económico que pueden obtener de su admirable docilidad canina.
Post scriptum. El presidente Pérez Molina puede aprovechar la Sexta Cumbre de Las Américas para promover una mayor divulgación internacional de sus intrépidas, pero acertadas propuestas.