Hoy se conmemora el XXX aniversario del golpe de Estado que llevó al ejercicio del poder al general José Efraín Ríos Montt, sobre el cual, el presidente Otto Pérez Molina, dijo que el suceso marcó un fin a los fraudes electorales, para que posteriormente se diera la apertura democrática mediante una nueva Constitución.
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El mandatario aseveró que, “treinta años después, no hay ni la menor duda que hemos ido progresando en muchísimos aspectos”. En ese entonces, continuó Pérez Molina, “estábamos en un enfrentamiento armado interno que hoy prácticamente ya desapareció… Pasó a la historia”.
En ese contexto, el mandatario refirió que Guatemala se encontraba en un período en el que “estábamos acostumbrados, no sólo a escuchar asonadas y golpes de Estado, sino también a fraudes en los procesos electorales”, situación que el funcionario asume como superada.
Pérez Molina destacó que “Guatemala no sólo desarmó ese enfrentamiento armado interno”, sino que, además, “ha dado transparencia a los períodos electorales, se ha fortalecido el poder civil y el respeto a la autoridad popularmente electa”.
RETOS PENDIENTES
Sin embargo, el Presidente refirió que “hemos progresado y nos falta un largo camino por recorrer, porque hoy estamos viviendo la violencia y la inseguridad producto del crimen organizado y el narcotráfico”, por ejemplo.
Otros de los aspectos importantes pendientes de superar, según el mandatario, son “los temas de la pobreza, pobreza extrema, desarrollo rural integral, atención a las poblaciones mayas, que son las que más rezagos siguen padeciendo en este momento”.
EL GOLPE MARCÓ PARTEAGUAS
Para el Presidente de Guatemala, el golpe de Estado del 23 de marzo de 1982 “marcó un fin clarísimo a los fraudes electorales”, que posteriormente “abrió el camino hacia una nueva (Asamblea Nacional) Constituyente, a una nueva Constitución, el fortalecimiento de la democracia, que con todas las debilidades que todavía tenemos, es necesario continuar el camino y fortalecerla”.
Renzo Rosal, analista político, consideró que el golpe permitió que el proyecto militar “se oxigenara”, cuyo brazo fue “la lucha contrainsurgente” que se consolidó en el periodo de Ríos Montt. Lo ocurrido también equilibró los poderes económico y militar, más que uno subordinar al otro, dijo Rosal.
Además, resaltó que “no se puede caer en el juego de considerar que el Ejército nuevamente jugó un capítulo de liberar al país”, que más que la democracia, lo que hizo fue “instaurar su propio proyecto político”, “que en la práctica tuvo congruencia con el proyecto democrático”, señaló.
Sandino Asturias, del Centro de Estudios de Guatemala, consideró que el golpe reflejó pugnas en el interior del Ejército, que cambió la cúpula más no las políticas de represión.