Con mucha pena y preocupación me veo en la necesaria obligación de pedirle disculpas al señor columnista de este prestigiado medio, don Eduardo Villatoro, por haber cometido el abuso de lastimar su frágil y endeble sensibilidad con el comentario del día 8 de diciembre en curso, el cual según la reacción del citado columnista, lastimó su delicada, ilustrada e insuperable capacidad de recepción y análisis.
Pedidas las disculpas del caso, con todo respeto le informo que yo no soy abogado, y creo que don Eduardo Villatoro como que es muy impulsivo para hacer sus comentarios directos sobre personas, porque cuando se escribe sin estar bien documentados se incurre en errores que deforman el propósito de los mismos.
Yo no le conozco y creo que usted a mí tampoco, de manera que no alcanzo a explicarme las razones que le impulsaron para sentirse ofendido por el ya citado comentario, motivo de su abrupta reacción, aunque bien pudiera ser que esté actuando de defensor de alguien que en efecto y por pura coincidencia constituya un caso como el que yo expuse, lo cual cae dentro de la cobertura del refrán popular que dice: El que agarre el guante que se lo plante.
Aunque no soy persona de recursos económicos, condición material que si bien permite darse una vida con todas las comodidades anheladas, tampoco soy persona que se deja abatir por situaciones que en otras producen angustias, pues mi formación espiritual que no está ligada a ninguna iglesia ni religión, creo que es lo suficientemente consolidada como para que me deje arrastrar por temporales emociones como la que si lo empujó a Usted a tomar para sí el comentario en mención. Agradezco su irónico consejo de que debo comentar «mis angustias» en el seno de mi hogar, deseo que sin duda se esfuerza porque sea una realidad, porque lamentablemente para sus feas intenciones en mi hogar hay paz, armonía, amor y solidaridad, esa solidaridad que usted ahora ha asumido con los presumibles personajes que se describen en mi comentario que lo sacó del guacal obligándolo a desempeñar un periodismo policíaco propio de gente acostumbrada a exigir que se respete su derecho de expresión, pero que quisiera impedir que otros practiquen este irrenunciable derecho.
Estoy consciente que lo que escribo no es del agrado de algunos pero sí de una considerable cantidad de personas. Entiendo que no se puede ser monedita de oro para caerle bien a todos. Eso es lo bello del derecho de disentir y por ello existe esa gran variedad de opiniones que enriquecen el pensamiento de una nación o la dañan.
Insisto en pedirle disculpas asegurándole que no me ocupo de comentar actitudes de personas que no conozco, y que no me preocupa en lo más mínimo su inquisidora postura que es más útil en las estaciones de policía que en los medios de prensa. «Engullimos de un sorbo la mentira que nos adula y bebemos gota a gota la verdad que nos amarga». Diderot.