Perdiendo el control


Es preocupante la forma en que se evidencia la pérdida de control del Estado sobre importantes partes del territorio nacional, puesto que no sólo hay que referirla al avance marcado del narcotráfico que se ha adueñado de regiones enteras, sino también a esas manifestaciones de pobladores que, hartos y cansados de la ausencia de justicia, deciden hacerse justicia por propia mano, sustituyendo una de las funciones esenciales del Estado como es la de garantizar seguridad y administrar la justicia en forma pronta y cumplida.


Existe un amplio debate sobre si el nuestro es un Estado Fallido o un Estado Frágil según las definiciones que los grupos de análisis internacional hacen de diversas condiciones que se dan en algunos paí­ses del mundo. Oficialmente se nos ha catalogado como un Estado Frágil, pero este tipo de situaciones nos indican que estamos llegando a la condición de fallidos porque es indudable que no se tiene control de lo que pasa. El crimen organizado, tanto del narcotráfico como el que dirigen los maleantes desde las mismas prisiones del paí­s, se ha ido adueñando de extensas regiones y de hecho no hay ningún municipio que se pueda considerar como territorio seguro, en el que el Estado es capaz de cumplir con sus funciones esenciales.

Alarma la forma en que reaccionan los pobladores pero es indiscutible que hay razones de peso para entender que tampoco tienen otro remedio. La barbarie y el salvajismo que se denota con los linchamientos brutales en los que la turba muestra su ira no reprimida nos indican que como sociedad estamos muy mal, pero esas reacciones son provocadas por la incapacidad del Estado y de las autoridades para ejercitar sus funciones naturales.

Toda situación en la que se pierde el control es delicada y puede considerarse como algo grave porque rompe con el orden establecido, sea éste natural o derivado de normas aprobadas por la sociedad. Y lo que nadie puede negar es que, tanto frente al crimen como frente a las comunidades, el Estado perdió el control y mientras unos aprovechan esa situación para propagar la ola de criminalidad, otros se ven forzados a buscar remedio en formas que son inhumanas, que prostituyen al colectivo social, pero que deben entenderse como reacciones extremas derivadas de las circunstancias.

Jamás aplaudiremos los linchamientos, pero más que responsabilizar a la turba, creemos que hay que señalar a las autoridades incompetentes como culpables de ese desborde que es la única salida que encuentran quienes están desesperados por la violencia y la inseguridad.